Dayana, linda Dayana

Que importante es el Miss Venezuela (y por consiguiente todas sus derivaciones) en la vida de este país. Esta mañana en casi todos los diarios, programas de radio y demás conexiones de información con el mundo apareció la noticia de que Miss Universo, Dayana Mendoza, había declarado que su visita a la Bahía de Guantánamo en Cuba había sido “relajante, divertida y un lugar muy bonito”. Cataplúm.

Un “¿queeeeeeee?” generalizado retumbó en la gente. Mensajes de texto a las emisoras, chistes en los vagones del Metro, páginas de internet horrorizadas por el desatinado comentario. Ciertamente, la niña (figurativamente porque ya cuenta 23 tiernos años) la “puso” con esa insólita declaración.

Pero el punto es lo grave que le resulta eso a la opinión pública nacional, lo que confirma mi teoría de que si aquí se hicieran elecciones para Miss Venezuela, la abstención sería mínima.

Todo el mundo estaba tan contentico cuando ella ganó que parecía la subida al trono de una monarquía criolla. Pero Dayana no pudo. No logró mantenerlos cautivados. Tanto atún con lechuga y tantas horas encerrada recorriendo una pasarela con un libro sobre la cabeza (léase bien sobre porque vimos que no está en la cabeza) no le dejaron suficiente tiempo de leer la prensa, ni revisar internet sobre un tema que tiene espacios indefinidos en la agenda internacional.

Pero todo esto es culpa de Osmel. ¿Por qué? Porque nos ofrece la gloria y el reconocimiento del universo a través de los cuerpos, ojos, narices, lolas y piernas más perfectas que la tierra pueda imaginar. Y luego las deja solas, a su suerte, en este complicado mundo lleno de problemas políticos y conflictos sociales.

Como si no fuera suficiente problema andar haciendo el trabajo de embajadoras e internacionalistas montada en tacones de 15 cm. Algo debe fallar cuando se ve el mundo desde tanta altura.

Linda Dayana, reconquista a tu pueblo, enamóralo de nuevo con tus increibles ojos y el tamañote que te gastas en lo que mejor sabes hacer: ser reina de belleza.

Y cito el ilustre refrán que se deja escuchar con fuerza en estos días desde las entrañas del soberano: “Calladita, te ves más bonita”.

El juego de la sillita

Eso de tener casa propia en un país donde todo cuesta tanto que ya los ceros no caben en las calculadoras, se ha convertido en una dolorosa ilusión. Pero igual hay que meterse en alguna parte, como diría mi sabia abuela: “tener un techo que nos guarde”.

Allí es donde la crisis no suena a la caída de números en las bolsas de valores, ni a indicadores económicos y porcentajes. Ahí es cuando la crisis se presenta como lo que es: la imposibilidad de garantizar la calidad de vida. En mi caso, el problema empieza por lo más básico: dónde vivir.

Sí, simple pero angustiante. No tener donde vivir me recuerda una sensación que no por infantil deja de ser aterradora. Es lo que se siente con aquel juego de la sillita en el que cuando la música se detiene alguien se va quedando por fuera, mientras las sillas desaparecen y quedan más jugadores  que asientos disponibles.

Cada dueño de apartamento (léase el que se queda con la silla) pone las condiciones y las reglas, que en vista de la inseguridad jurídica y desorden total del mercado inmobiliario, prácticamente son inexistentes. Para los que no tenemos sillas pero nos tenemos que sentar, no nos queda otra opción que adecuarnos a unas condiciones que, por regla general, se han ido perfilando cada vez de manera más arbitraria y fuera de las normas justas de juego.

Las invasiones, expropiaciones y demás irregularidades no ayudan. Podria decirse que son la punta de un problema social más grave: la falta de una política habitacional seria y eficiente.

Pero en definitiva resultó que bajo este panorama de irregularidades de parte y parte, una de las cosas que más me sorprende es el tema de los niños. Para los propietarios, inquilinos con hijos es igual a discapacidad. “¿Cuántas personas van a vivir?” seguida inmediatamente de “¿Usted tiene niños?” es la entrevista filtro de los corredores o propietarios. Y allí hacen como en las encuestas: “si usted contestó sí, fin de la encuesta”.

Pues sí, tengo una hija que tiene el derecho a la vivienda y más si sus padres pueden pagarla. Así de mal estaremos que en una de estas cortas y hostigantes entrevistas, la propietaria me dijo (sin mayores delicadezas) “ay no hija, yo no tengo objeción si tienes mascota, pero con los niños… mejor no”.

Gracias señora, para la próxima trataré de dar a luz un perro.

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