La llegada de Sophia

Llegó. La escuché fuerte, profunda, única.

Me olió. Con esa pequeña naricita que buscaba mi calor por primera vez.

Nos reconocimos al primer suspiro. Ella, tanteaba a ciegas el cuerpo que la albergó por 38 semanas y seis días. Yo, la detallaba perfecta a pesar del sudor y las lágrimas que me nublaban los ojos.

La mirada diáfana, aún llena de la savia que la protegía, se abrió espléndida ante mis ojos y buscó otra mirada más segura, más tranquila. La encontró, nos encontramos.

Sophia nació con la llegada de diciembre, ese primer fin de semana, sábado 6. En una noche de víspera que se hizo muy corta, llegó la tenue luz del día. A las 5 y 50 de la mañana con cada paso que daba, ella empujaba con fuerza, quería salir. Un baño caliente y la conversa temprana: “tranquila, ya nos vamos a ver”, calmaron por unas horas sus fuertes impulsos que buscaban el mundo exterior.

El camino hacia el encuentro fue más corto aún que la noche de vigilia y en un instante, todo el ruido y la algarabía quedaron atrás. Dentro de una helada sala empezó el trabajo. Pocos minutos, larga espera. Por fin, entre maniobras y directrices de médicos, el llanto que estrenaba sus pulmones retumbó en el cuarto. Eran las 10 y 23 de la mañana cuando salió a la luz.

Un dolor que se parecía más a la ansiedad me apretaban el pecho, un corazón que palpitaba al ritmo de las contracciones encontró la calma sólo al primer contacto con ella.

La mano de Papá me apretaba con fuerza mecánica. Los tres nos conocimos bañados en sudor a pesar del gélido cuarto y desde que ella salió de mí, él la escoltó por toda la sala mientras la limpiaban, la median y la pesaban. “3,720 kg y 51 cm”, me dijo, “es enorme”.

Después del alboroto familiar, las interminables fotos y la lloradera colectiva, papá, mamá y Sophia estábamos solos de nuevo. Cansados, después de diecisiete agitadas y agotadoras horas, caímos rendidos hasta la mañana siguiente. Esa primera noche, Sophia Valentina durmió plácida, con la respiración más breve y silenciosa del mundo. Ambos escuchábamos cada aliento.

Pequeña, frágil durmió envuelta en una manta bajo el brazo cálido de mamá, muy a pesar de los consejos contrarios de enfermeras y espectadores. Lo siento, pero hoy nadie más existe porque esta noche es única y sólo nuestra.

Pariendo

Si, así mismo. Parí, con toda la inexperiencia y la angustia que implica, un pequeño blogcito que espera ser alimentado para poder llegar a grande. Para los que formamos parte de la mitad de la generación tecnológica (no estaba aquí cuando llegamos, pero ahora no sobrevivimos sin ella) esto de comunicarnos -si y sólo si- por el ciberespacio, es todo un reto. Pero hoy por fin di el paso.

Desde hace tres meses mi ocupación principal es ser la mamá de alguien, una pequeña mujer que se llama Sophia. Así que como resulté ser Sophis-ma, me adapté a esta nueva parte de mi identidad y se me ocurrió dedicarle este blog a las mujeres. A las que están como yo y a las que ni se me parecen. En fin a todas las mujeres. Porque no habrá libros, programas, discursos o blogs que puedan agotar el tema y por la simple arbitrariedad de que quien escribe es mujer, periodista, esposa, hija, nieta, mamá y todos los etcéteras en femenino que existan. Por eso las invito a “filosofar” de los que nos pasa a las que somos eso y más, conmigo que acabo de dar a luz este blog.