Invitada de estreno: Luz Mely Reyes

Este blog abre el espacio para que mujeres hablen de mujeres, de sí mismas o de otras, bien, mal o regular, en son de chisme, de amiga, de consuelo o en serio. Así que sean politicamente incorrectas y revisemos que nos escribe nuestra primera invitada que le rompe el himen a esta sección.

Nombres de pila

Por Luz Mely Reyes

Tal vez se hayan dado cuenta de que en algunos medios cuando se trata de mujeres políticas se las menciona por su nombre, mientras que a los hombres se les llama por sus apellidos. No es un asunto baladí. Y hay quienes hallan en esta aparente sutileza  una marca de sexismo.

“Las mujeres han alcanzado determinadas cuotas de poder. Han ocupado espacios públicos donde ya no se les cuestiona por estar pero sí se les señala con formas más sutiles. “Esta chica…, ‘Soraya…’, en una puesta de largo que vistió con una levita color crema…´’. Frases como ésta han aparecido en la prensa en los últimos días.

Incluso en este periódico (se refiere a El País, de España). También en la radio y en la televisión Sáenz de Santamaría ha sido cien veces Soraya. Lo mismo que la candidata demócrata a luchar por la presidencia de Estados Unidos Hillary Clinton ha sido Hillary o la presidenta de Argentina Cristina Fernández, Cristina. También a Ségolène Royal se le llamaba casi siempre por el nombre de pila. Algo que sólo se emplea en las distancias cortas, que implica intimidad, cercanía. ‘Un síntoma de que se trata a las mujeres como invitadas toleradas en el espacio público y no como ciudadanas de pleno derecho’, asegura Soledad Murillo, secretaria general de Políticas de Igualdad del Gobierno. ‘Una forma de intentar restar autoridad. Podría querer decir que hay una mayor proximidad pero resulta un poco sospechoso porque no se hace con los hombres’, dice la ex ministra de Cultura Carmen Alborch”.

Los párrafos anteriores pertenecen a María A. Sahuquillo (“Ellos tienen apellidos”, http://www.mujeresenred.net/spip.php?article1423, fuente original diario El País, España)  y reflejan los cuestionamientos que se la han hecho en España a la vocera del PP, Soraya Sáenz de Santamaría, basados en su condición femenina.

Otra reflexión sobre la forma diferente en la que los medios tratan a las lideresas políticas la expone Hillary Bishop, subdirectora de BBC Mundo.

“Al referirse a cualquier persona en una noticia, la BBC suele usar su nombre completo en la primera referencia, y solamente el apellido de ahí en adelante. En los titulares normalmente utilizamos el apellido. “Chávez alerta frente a Colombia”, “Bush padre apoya a McCain”, etcétera.  Pero empecé a notar que, por algún motivo, llamábamos a la presidenta de Argentina “Cristina” en los titulares: “Argentina: campo desafía a Cristina”; “Cristina busca energía”, escribió Bishop en “Cómo te llamas”, http://www.bbc.co.uk/blogs/spanish/2008/03/como_te_llamas.html.

Bishop finaliza su artículo con un Adiós Cristina, Hola Fernández.

Esta discusión, me da la impresión, de que no se da en Venezuela y eso que aquí tenemos a mujeres en altas posiciones políticas. Pero ellas, con salvadas excepciones,  han sido tratadas por su nombre de pila: Irene (Sáez); Ismenia (de Villalba) Cilia (Flores); Andrea (Tavares); Liliana (Hernández); y ellos por sus apellidos: Albornoz, Chávez, Rosales, Ledezma.

De muestra les regaló este botón: “Hillary: Obama quiere trabajar con Chávez”, pág. 22. Últimas Noticias, jueves 23 de abril de 2009.

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El dedo de Jaqueline

No puedo evitar mi fascinación por las mujeres que ocupan cargos con cierta cuota de poder y más aún cuando lo hacen con clase. Algo (in) consciente se enciende en mí que les da afinidad inmediata.

Pero por estos días estoy teniendo un conflicto interno amor-odio con Jaqueline Farías por su nombramiento como “jefa de gobierno” del Distrito Capital. Explico las comillas: el título me suena a la unión de nombres rimbombantes para cargos inventados a última hora.

La Farías siempre me ha caído bien. De verbo respetuoso, trabajadora, poco farandulera y convencida de que hay que hacer las cosas bien por el proceso, ha venido ocupando varios cargos de importancia en la década de la administración Chávez (suena a aires de Imperio) e insisto, la Farías es una buena pieza del ajedrez ministerial. Incluso a pesar de que todavía estemos esperando el Guaire limpio para bañarnos los fines de semana. Pero ante semejantes ideas del Presi, hasta yo le digo que sí para que se entretenga.

El asunto es este nuevo rol que asume, expresa y confesa (y hasta sonaba orgullosa) de ser una funcionaria puesta a dedo en un cargo de elección popular. “El dedo de Chávez es el dedo del pueblo”, dijo durante su toma de posesión. Pues no, querida Jaqueline. El dedo del pueblo se puso bien morado cuando fue a votar por Ledezma. Como dirían mis amigos de Colombia “jalémosle al respetico”…

Mi problema, como supongo, el de muchos que votaron en contra del oficialismo para gobernar la capital, es la total y absoluta desfachatez con que se hacen las cosas en este país. De verdad me sorprende lo eficiente y rápida que puede ser la Asamblea Nacional cuando quiere. Con este hecho descubrí dos cosas: la primera que efectivamente los diputados sí saben que su trabajo es decretar leyes, y la otra es que hasta pueden sancionarlas antes que bailen los sapos.

En las noches cuando veo las noticias o cuando leo el periódico y me entero de los dimes y diretes del caso, cierro los ojos y hago un ejercicio de imaginación. La veo sentada en el despacho que añoraba Aristóbulo, diciendose a sí misma: “así no, Jaqueline, así no. ¿Tanto trabajo para rayarte así?”. Pero luego despierto, reacciono, me sobrepongo a mi afinidad femenina y digo: -Chávez lo hizo otra vez. Hágase su santa voluntad.

Lo único que espero es que, como en las películas, al final pase algo que nos deje una moraleja. La mía, la de hoy, mientras el panorama esta así de arbitrario, es que por más que le dé vueltas, ella se convirtió en un dedo muy feo y pesado.

Ya no quiero ser como Jaqueline cuando sea grande.

Dayana, linda Dayana

Que importante es el Miss Venezuela (y por consiguiente todas sus derivaciones) en la vida de este país. Esta mañana en casi todos los diarios, programas de radio y demás conexiones de información con el mundo apareció la noticia de que Miss Universo, Dayana Mendoza, había declarado que su visita a la Bahía de Guantánamo en Cuba había sido “relajante, divertida y un lugar muy bonito”. Cataplúm.

Un “¿queeeeeeee?” generalizado retumbó en la gente. Mensajes de texto a las emisoras, chistes en los vagones del Metro, páginas de internet horrorizadas por el desatinado comentario. Ciertamente, la niña (figurativamente porque ya cuenta 23 tiernos años) la “puso” con esa insólita declaración.

Pero el punto es lo grave que le resulta eso a la opinión pública nacional, lo que confirma mi teoría de que si aquí se hicieran elecciones para Miss Venezuela, la abstención sería mínima.

Todo el mundo estaba tan contentico cuando ella ganó que parecía la subida al trono de una monarquía criolla. Pero Dayana no pudo. No logró mantenerlos cautivados. Tanto atún con lechuga y tantas horas encerrada recorriendo una pasarela con un libro sobre la cabeza (léase bien sobre porque vimos que no está en la cabeza) no le dejaron suficiente tiempo de leer la prensa, ni revisar internet sobre un tema que tiene espacios indefinidos en la agenda internacional.

Pero todo esto es culpa de Osmel. ¿Por qué? Porque nos ofrece la gloria y el reconocimiento del universo a través de los cuerpos, ojos, narices, lolas y piernas más perfectas que la tierra pueda imaginar. Y luego las deja solas, a su suerte, en este complicado mundo lleno de problemas políticos y conflictos sociales.

Como si no fuera suficiente problema andar haciendo el trabajo de embajadoras e internacionalistas montada en tacones de 15 cm. Algo debe fallar cuando se ve el mundo desde tanta altura.

Linda Dayana, reconquista a tu pueblo, enamóralo de nuevo con tus increibles ojos y el tamañote que te gastas en lo que mejor sabes hacer: ser reina de belleza.

Y cito el ilustre refrán que se deja escuchar con fuerza en estos días desde las entrañas del soberano: “Calladita, te ves más bonita”.

El juego de la sillita

Eso de tener casa propia en un país donde todo cuesta tanto que ya los ceros no caben en las calculadoras, se ha convertido en una dolorosa ilusión. Pero igual hay que meterse en alguna parte, como diría mi sabia abuela: “tener un techo que nos guarde”.

Allí es donde la crisis no suena a la caída de números en las bolsas de valores, ni a indicadores económicos y porcentajes. Ahí es cuando la crisis se presenta como lo que es: la imposibilidad de garantizar la calidad de vida. En mi caso, el problema empieza por lo más básico: dónde vivir.

Sí, simple pero angustiante. No tener donde vivir me recuerda una sensación que no por infantil deja de ser aterradora. Es lo que se siente con aquel juego de la sillita en el que cuando la música se detiene alguien se va quedando por fuera, mientras las sillas desaparecen y quedan más jugadores  que asientos disponibles.

Cada dueño de apartamento (léase el que se queda con la silla) pone las condiciones y las reglas, que en vista de la inseguridad jurídica y desorden total del mercado inmobiliario, prácticamente son inexistentes. Para los que no tenemos sillas pero nos tenemos que sentar, no nos queda otra opción que adecuarnos a unas condiciones que, por regla general, se han ido perfilando cada vez de manera más arbitraria y fuera de las normas justas de juego.

Las invasiones, expropiaciones y demás irregularidades no ayudan. Podria decirse que son la punta de un problema social más grave: la falta de una política habitacional seria y eficiente.

Pero en definitiva resultó que bajo este panorama de irregularidades de parte y parte, una de las cosas que más me sorprende es el tema de los niños. Para los propietarios, inquilinos con hijos es igual a discapacidad. “¿Cuántas personas van a vivir?” seguida inmediatamente de “¿Usted tiene niños?” es la entrevista filtro de los corredores o propietarios. Y allí hacen como en las encuestas: “si usted contestó sí, fin de la encuesta”.

Pues sí, tengo una hija que tiene el derecho a la vivienda y más si sus padres pueden pagarla. Así de mal estaremos que en una de estas cortas y hostigantes entrevistas, la propietaria me dijo (sin mayores delicadezas) “ay no hija, yo no tengo objeción si tienes mascota, pero con los niños… mejor no”.

Gracias señora, para la próxima trataré de dar a luz un perro.