Qué ovarios

En un arranque de ilusión primermundista quise usar el transporte público para salir a hacer compras prenavideñas (que de pre ya no queda nada) y en un alarde de autosuficiencia se me ocurrió agregarle a mi aventura unos 10 kilitos de resistencia, llámese mi pequeño saltamontes.
Zapatos de goma, bolso multiequipado con pañales, teteros, agua, galletas y demás enseres maternales, la muchachita y yo. Solas contra el mundo.
Veo a lo lejos la hilera de autobuses en la avenida Nueva Granada. Después de torear la calle en medio de un semáforo que nadie respeta, con cuatro fiscales de tránsito aleteando a esos que no lo respetan, enjambres de motorizados en un surfing de asfalto y los escombros del Buscaracas que aun no puedo utilizar, llego al otro lado.
En ese veloz minuto que duró el cruce, Sophia me jala los zarcillos que nunca debí ponerme, se quita repetidamente el lazito que me esfuerzo por combinarle y además grita bababababa, en su intento preferido de palabra.
El corneteo no da chance a que lea en cual carrito debo montarme. Al final, me trepo cual equilibrista a ese nivel infame de las escaleras de camionetica y con los dos únicos dedos libres que me quedan, me aferro al tubo de la puerta. El autobus siempre estuvo en movimiento así que en el tambaleo logró “caer” en un puesto milagrosamente disponible.
“Dios está con nosotras” pienso, y el chofer comparte mi pensamiento con una marquesina azul celeste con bolitas blancas felposas, que reza lo mismo y lo separa del resto de los sudores.
Los huecos me dejan saber la excelente gestión de la alcaldía. Mientras Sophia se para y se sienta, se pára y se sienta. Todo con mis piernas como alfombra.
El pasaje resulta que es a 1700 (bolos débiles) porque es fin de semana. Dos moneditas que no sé si valen 10 o 100, dos más de 50 (o 500) y la lucha porque Sophia no se las meta en la boca.
Después de frenazos inclementes y esquivar cuanta tronera hay en el camino, decido bajarme al mismo ritmo frenético en el que me monté.
El bolso, el equilibrio, el sencillo que suda en la mano, la muchachita que se me durmió. 10 kilos y 5 más que se suman con la siesta. El chofer, aburrido del mensaje advierte con una práctica calcomania: “cuidado con los motorizados al bajar”. El zumbido de tres motos en mis narices lo confirma.
Cuando logro bajar el primer escalón tambaleante y se acerca el brinco hasta la acera, siento la insistente vibración del celular que lleva tres llamadas perdidas, que si se perdieron fue por el volumen desorbitado del dj salsa cabilla.
Hago el malabarismo, doy doble salto mortal en medio de la calle, aprieto duro el bolso y más duro aún el cuerpecito profundamente dormido y con el meñique disponible atiendo: -“¿Y por qué no contestaste antes el teléfono?”- dice mi flamante esposo, cromosomas XY, representante del mal llamado sexo fuerte, desde la serenidad de su oficina.
¿Qué le respondí? -“Nooooo chico, no me jo…..”
Pero resulta que después del contestón y la consiguiente colgada de teléfono, respiro profundo el smog que me acaba de lanzar otro autobus y pienso: “no te quejes porque esto es un ratico”.
Es que esta odisea la viven tooodos los días, mañana, tarde y noche, miles de mamás que trabajan con un sueldo bajito pa’ darle de comer a sus pollitos (Calle 13 dixit) en el caos de esta generosa ciudad llamada Caracas.
Aquí más que bolas, lo que hay que tener es ovarios.