Gotas del juguito cerebral I

La semana pasada estuve cuatro maravillosos días haciendo un taller de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano con Héctor Abad Faciolince, quien apenas se encontró con el grupo dijo (en tono de confesión) que era la primera vez en su vida que dictaba un taller de cualquier cosa. Y créanme que lo menos que hizo fue darnos poca cosa. Así que para los privilegiados de esa experiencia inaugural, el resultado fue inolvidable.
Y aunque es imposible reflejar el momento, las comidas, las charlas y el sonido de la gente que estuvo ahí lo más que puedo aportar son algunos textos que salieron de esa agotadora pero deliciosa jornada.

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1) Describir en un párrafo un beso sentido o vivido

Mmm, la lengua baila. Lame como caramelo. Mmm, moja. Más, más. Tibia mi saliva. Labios mimosos. Mmm, rico. Muerde sin dolor. Más, ma, ma, ma.
Mi amor. Suena mmmmuack. Sabe a babita.

2) Construir un texto base con oraciones subordinadas (estilo Proust) y yuxtapuestas (estilo Hemingway)

I
Subordinadas

El tipo muestra la impaciencia de quien no llega a los 30 años, por eso se obstina cada vez que alguien baja del autobús, en medio de un tropiezo ambulante que se comprime en esa lata de cuatro ruedas, que desahoga y ahoga de nuevo los sudores ante cada parada que forma la ruta del colectivo S hacia la Plaza de Roma, justo a la hora de peor estancamiento de las rutinas cotidianas que coinciden en el mismo espacio y con la misma premura que le hace temblar la voz de reclamo al joven que sostiene su peculiar sombrero de cinta sobre una cabeza muy alta que mira al resto por encima del hombro.

II
Yuxtapuestas

Sostiene su sombrero. Se lo reacomoda en la elevada cabeza. Un codo que busca la puerta tropieza con él en el atiborrado pasillo del autobús. Vuelve a ponerse el sombrero. Lo inclina hacia la derecha. Más estilo, menos sudor en la frente. Siente de nuevo la opresión de otra humanidad en busca de un asiento libre. Le reclama. Otro lo empuja. Más paradas, mucha más gente. A una cuadra de la Plaza Roma, alguien se levanta y desocupa un puesto. Lo ve entre la multitud, ya no lo necesita. Llegó a su destino. Se baja y se acomoda. Estira y endereza su plastilinoso cuello. Le cruje por la obligada inmovilidad. Erguido e impoluto, corona su cabeza con la justa inclinación de su sombrero.
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Más ejercicios en una próxima entrega….

365 días

Tengo un ejercicio mental que me entretiene en mis ratos de ocio pero a la vez me ayuda a reconocerme en mis acciones pasadas. El juego es algo así como: ¿en qué estaba yo hace un año?
Como tengo el hábito de llevar agenda (orden a la pea), a veces las reviso y chequeo o sencillamente recuerdo el evento por referencias “estaba en final de semestre”, “fue el cumpleaños de fulanito”, “me chocaron el carro esos días” y así voy.
Los últimos siete años estuvieron llenos de fiestas y amanecidas descomunales que no variaban mucho del año anterior.
Pero desde que arrancó 2008, mientras organizaba una boda, lo asimilaba y efectivamente me casaba, no tuve chance de comprarme la agenda y mucho menos de llenarla. La retomé en marzo. Y la compré por esta razón.
Salí de una consulta rutinaria donde tenía que buscar unos exámenes de laboratorio por una anemia que me hacía dormir en todas partes. Sin mucha parsimonia, una señorita revisó mi nombre y apellido y me extendió el pequeño papel donde me decían que estaba “acompañada de ocho semanas”.
Me monté en el carro, sola, sin saldo y como atropellada por un autobús.
Manejé sin música, con los vidrios arriba y el aire encendido a millón. A pesar de eso, sudaba y sudaba. El papelito yacía a mi lado como copiloto silente y ante cada mirada de reojo me gritaba un contundente “POSITIVO”.
Vi la librería cuando me detuve por inercia en el semáforo. Lancé un volantazo sin mirar por el retrovisor y me estacíoné de frente, casi montada en la acera.
-¿Tiene agendas de 2008?- en medio de un acelerado abril.
-Sí, claro. ¿De qué la quieres?- me pregunta la adormitada vendedora.
-Una que tenga bien grande los espacios para escribir- respondo sin mayor interés por la oferta publicitaria.
-Estas te pueden servir- y me sale con tres hermosas y brillantes agendas femeninas con florecitas y colorcitos que gritaban “ME ENCANTA SER MUJEEEEER”, por todas partes.
Pagué. Allí mismo en la caja la abrí y me quedé pegada viendo el día en el que estaba. Con el mayor temblor de manos que he sufrido en mi vida, escribí grande y acentuado. “Hoy supe que estoy embarazada”.
La cerré y luego de eso sentí que ahora sí podía compartir la noticia con otro ser humano. Agradecí no tener saldo en ese momento. Agradecí que el papel y la letra hayan sido mi compañía. Agradecí haber estado conmigo misma porque desde ese momento el cuerpo me latía doble.
Apenas lo ví escrito supe que era cierto. Hoy lo recuerdo claramente sin tener que ver la agenda que aún conservo. Y ha pasado un año desde que recibí en mis brazos la mejor noticia del mundo.