Es un asunto de fuerza

Ironicamente me prometí que en navidades estaría menos pendiente de la babilonia caraqueña y cruzaría con toda la calma del mundo mis 725 kilòmetros hasta Mérida para disfrutar de mi casa y mi familia. La ironia viene porque el mismo día en el que llegué (24 en la tarde) mi regalo de Niño Jesús resultó ser un celular de estos que llaman inteligentes (creo que siempre lo han sido, el bruto es uno) con el que tengo acceso a internet a cada rato en la punta de mis huellas digitales.
Lo menos que hice fue desconectarme. Que si el twitter, un ratico al feisbuk, otro ratico leyendo prensa, vamos a ver que hay en youtube, bueno en fin, más conectada y me enciendo. Pero de lo que me di cuenta es la necesidad de información tan brutal que sufrimos los caraqueños. Pareciera que siempre estamos esperando que algo pase, que algo reviente, siempre al borde del filo.
Mi entorno merideño, que por ahora está a salvo del virus blackberry (te alabamos, Señor) se sigue enterando de todo con sus 24 horas de retraso tradicionales y de la misma manera que hace 10 años: TV, papel impreso y a veces radio. Y les aseguro que viven muy felices.
Cuando me vi el 25 de diciembre a las 9 de la mañana desayunando pasteles con el celular en la mano “a ver si había pasado algo” me dije: “mija, cálmate si pasa algo ya te enterarás”. Tarde, pero descubrí que eso no importa. Vi a mi alrededor y a nadie le importaba.
Creo que ahí está el detalle.
Los caraqueños vivimos asustados, esperando el golpe en la próxima esquina, a ver si lo podemos prevenir, cómo debemos salir, cómo debemos despistar. Por eso la necesidad de saber qué pasa, qué nos pasa.
Es un vicio inquietante y triste que está digitalizando nuestra calidad de vida. Mis amigos se llaman @fulanito y están “tageados” en una foto, así es que los veo y sé si se cortaron el pelo o engordaron.
Soy parte de eso y aquí estoy, quejandome en un blog, en vez de tomarme un café con ellos.
El circulo vicioso se retroalimenta porque lo necesitamos. Es un asunto de fuerza mayor.

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