Lo que es un despecho

Domingo. Día de hacer muchas cosas que por lo general nunca me da tiempo. Pero me esfuerzo, me baño, me visto y dejo los pendientes en la casa porque me voy al cine.
Nos vamos (mi esposo, que no es por nada pero es un excelente acompañante para ver películas) caminandito a ver qué hay en cartelera para que sepan más sabrosas las cotufas. Entre tanto afiche gringo me encuentro con uno que dice en tono bolerístico: “Amorcito Corazón ¿Y tú qué serías capaz de hacer por amor?”. Esa misma es, dos entradas.
Cotufa en mano, chocolate en la otra y me inserto en la historia.
Desde el principio se le nota el amor, pero no sólo del título sino el que se siente que se le puso a la película: personajes completos, buenas actuaciones, guión redondo.
Una temática sencilla pero terriblemente cierta que desde un principio te identifica: “el amor es la fuerza que mueve el mundo”, le dice uno de los personajes a la protagonista que para más señas se llama Amanda (como si el amor no fuese ya en gerundio) y es periodista.
O sea, a las que lean estas líneas sabrán lo que me conectó. Aquel mujerón autosuficiente, buenota, inteligente, bien plantada en su trabajo y enemiga de la cursileria. Gracias, la gerencia.
Pues resulta que la película gira en torno (aparente) al primer gran despecho de amor que sufre Amanda. Pero en realidad es un autodescubrimiento de lo humano, de lo femenino, de nuestros miedos, de lo que somos en realidad cuando estamos frente a frente con nosotras mismas. Y hablo desde las ellas porque un bolero de hombre no se llora igual que el de una mujer.
Amanda sufre el paralelismo de la cucaracha: la que le invade su apartamento, la que se arrastra, la que no vale nada, la que cualquiera pisa. Y no hay verbo más oportuno que arrastrar (se) cuando se entra en el torbellino del despecho.
Frase a frase, situación por situación me hizo sonreir con esa complicidad del que lo ha vivido en carne propia.
A R R A S T R A R S E. Así, en mayusculas. Porque cuando el corazón te desenchufa el cerebro y no te deja ver la altura de la caída y mucho menos por quién te estás lanzando, lo que te queda es subir de nuevo con las piernas malheridas. Poco a poco, apoyandote en los brazos de extraños, con dolor hasta en las cejas: arrastrándote.
Lo mejor fue verla después de vivir, sufrir y reconocer en la piel un señor despecho, uno de los actos más genuinos y valientes que tiene la humanidad.
Gracias por esos 90 minutos de catarsis. Gracias por tener el sello local.
Gracias por decirle al resto “¿dónde has visto esto antes?”.
Tranquilo, a todos nos pasa. Delicioso despecho.

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