Recete usted, Dr libro

No había notado que mi analgésico más eficiente es un libro. Cuando tengo femineiditis leo a Marguerite Yourcenar o a Rosa Montero. La primera me cura los complejos como prospecto de escritora y la segunda me estimula el nervio de la risa para ver de la manera más divertida posible los padecimiento de las mujeres.

Cuando tengo acidez estomacal, me voy por lo seguro: Gabo. Es como tomarse una taza de café con leche mientras cae un palo de agua buenisimo y él te pone una cobija calientita y te echa unos cuentos donde el mundo es maravilloso.

Y cuando tengo tristeza crónica leo a Cortázar, no sé por qué, pero siempre me voy con él en esos días que no quiero ni pararme de la cama. Abrí “Papeles inesperados” y en las primeras 10 páginas me dije: “no, hoy no estamos para esto, tratamiento rápido y comprobado”. Y agarré de nuevo el experimento más maravilloso que ha parido la literatura latinoamericana o del mundo (ay sí, que importa es mi blog): Rayuela.

Allí seguían La Maga y Oliveira. Seguía Rocamadour y Talita. Volvía a sonar el jazz y otra vez me llegaba el olor a cigarro de las veladas tormentosas. Otra vez leí la carta a Rocamadour. Y otra vez lloré como una desgraciada.

Volví a vivir en la París sucia y lúgubre pero idílica de los escritores. Y entendí textos en francés que antes no había visto. Y me morí de la risa cuando aparecían los anuncios clasificados que nadie sabe para que están ahí hasta que se acaba el libro. Y me salté el orden y el desorden sólo para encontrarme con el capítulo 68. Evohé, evohé!!!!!!!!!!  

Y fui feliz y triste y loca y enamorada y fui intensa. Sude la fiebre. Ya estoy mejor. No necesito terminarla. El analgésico hizo su efecto y hay que guardar para más tarde cuando me sienta enferma de tristeza otra vez. Unas gotas o su equivalente en jarabe cortazariano cada 12 horas y el alma vuelve al cuerpo.  

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Yo no soy una mamá resteada

Si seguimos el orden cronológico de los acontecimientos este es mi tercer día de la madre. El de 2008 lo pasé con una pequeña barriguita disimulada que ya me calificaba como mamá. El de 2009 lo pasé trasnochada en plena faena materna y he aquí el nuevo día de la madre, que me agarra enseñando (y aprendiendo) a hablar, a decir pipí y pupú y a controlar pataletas, como suelo hacer los otros 364 días. Lo que pasa es que este es el primero al que le presto atención por el discurso propio de la fecha.

Las revistas, los artículos, los reportajes especiales que veo están llenos de mujeres que son mamás “resteadas” como lo diríamos en criollo, o sus sinónimos como “echada palante, multitasking, supermamás”, es decir, todo lo superlativo que sirva para demostrar lo polifacéticas y sacrificadas que somos apenas nos entregan este tremeeeendo trabajo.  

Pues leo y leo y no me reconozco. Es decir yo no cumplo el perfil necesario para pertenecer a esta raza de superheroínas. Porque:

1) No me levanto a las 4 ó 5 de la madrugada. Nunca, jamás.

2) Me acuesto a las 12 de la noche como lo he hecho desde que soy adolescente. Mi hija también pero porque jugamos hasta que se duerme. 

3) No cocino y apenas aprendí hace ocho meses a hacer sopas, así que estoy en período de prueba por aquello de lo nutritivo, balanceado, atractivo y natural. De resto mi hija come pan, arepa, pastina,  jugos y compotas que ya están hechos o son muuuy fáciles de hacer.

4) NO PLANCHO NI LAVO. Le pago a una profesional del área, así como me pagan a mí por hacer lo que sé hacer. 

Y lo más importante:

5) Tengo una madre maravillosa, que a su vez tuvo una madre maravillosa que me cuidó y educó, lo que trajo una cadena de eventos afortunados en los que ahora mi mamá puede devolver en mi hija, la dedicación y el apoyo que ella recibió.  

Entonces me digo ¿qué esto de ser resteada? ¿Por qué hay que justificar con acciones casi martirizadas el trabajo de ser mamá? Es que les confieso a aquellas que sí lo hacen (por gusto o necesidad) que nada más con la responsabilidad taaaaan mayúscula que implica criar a un ser humano y hacerlo GENTE, pues deberíamos irnos con nuestros hijos como los monjes budistas a dedicarnos exclusivamente a eso, los primeros cinco años fundamentales en la formación de una persona. 

Cada minuto y cada oportunidad es una prueba de fuego dónde uno aprende a calibrar cuándo decir que no sin ser castradora y cuándo decir que sí sin ser permisiva; cómo jugar y educar al mismo tiempo; cómo disciplinar y formarles identidad respetando lo que son. Y si te equivocas y lo haces mal le estás echando a perder la vida a un gentíiiiio!!!! No hermanas, ya tengo tarea pendiente pa los próximos 50 años.

Así que como mi mamá y mi abuela me allanaron el camino para hacerme la vida más fácil, declaro sin pena que soy una mamá tranquila, sin sacrificios, sin “restearme” con nadie, sólo comprometida con el tremendo trabajo que me gasto: ser la mamá de Sophia y espero ser la mejor del mundo para ella.