De efemérides patrias (del pater)

Inicialmente me negué a hacer este post. Me reí de que cualquier acontecimiento que me pase en la vida lo imagino como “un cuento pal blog”. Hasta lo veía cursi (todavía corre el riesgo).
Pero luego las frases me cruzaban en la cabeza y las veía redonditas y hasta imaginaba la foto con la que iba a ilustrar mi punto. La historia es que el muy desgraciado post me ganó y heme aquí, hablando del día del padre.
Al que no lo sepa le cuento: mi padre es una figura literaria que no existe en la realidad. Lo poco que sé de él es que pertenece al género masculino muy activo en la década de los 80 que regaba espermatozoides en óvulos fértiles y ya. Él hizo su trabajo y afortunadamente apuntó bien porque mi mamá hizo el resto.
Pero ¿por qué viene este preámbulo? Porque el día del padre para mí siempre ha sido una cosa de otros, ajena y poco relevante… hasta ayer.
El sábado caigo en cuenta que el día siguiente es el domingo señalado y me digo “ay, el día del padre”. Tengo a un padre en casa, que no es el mío pero como soy copartícipe de su título, debería celebrar con él como corresponde.
Mi teoría es que a pesar del asunto publicitario y patatín y patatán, la gente lo celebra, es decir: en algo cuenta. Pero típico: no tengo nada preparado.
Ni regalito, ni reservaciones en restaurantes, ni parrillas multitudinarias. Pues me levanto el domingo y lo que se me ocurre es felicitarlo. Él, ni se inmuta. Oh, oh. ¿Será que rompí algún protocolo establecido que desconozco?
Hago las llamadas tradicionales a tíos y padres alternativos de mi vida y aunque mi esposo oye no participa: sigue sin inmutarse. Ummmm, piensa, piensa. Algo malo hice.
Como a las 2 de la tarde, después del almuerzo y ante el reconocimiento público de “no sé que hacer un día del padre”, él se ríe y tranquilamente me dice: “Gaby, no te preocupes por eso, yo lo que quiero es acostarme a dormir toda la tarde con Sophi y comerme los helados del domingo (ya son una institución) Lo demás es lujo”.
Ufff, un lujo. Nosotras somos un lujo. Aunque no lo dejamos dormir y a cada rato entremos al cuarto a fastidiarlo. Aunque Sophia no lo deja ver televisión porque juega con el control y le cambia todos los canales.
Aunque se tiene que vestir a media tarde dominguera para comprarnos chucherías. Aunque se cale el humor de las tres mujeres de su casa, más su mamá y sus cuatro hermanas.
Pues sí, parece ser que somos un lujo. Y él tan tranquilo como una foto, se enrrolla en la cobija y pasa el día feliz y contento.
Creo que me lo voy a tomar más en serio. Es más, mi trabajo de ahora en adelante será que nuestra hija le celebre todo lo que sea celebrable. Como que sí vale la pena.

En El Cementerio salen de noche

Si estuviera en el patio de la casona vieja de mis abuelos en el célebre Casanay de mis tormentos, este título fuera el comienzo de una de las miles de historias de muertos y espantos.
Los aparecidos, las ánimas y los murciélagos que convivían en las noches casanayeras me robaron muchísimos sueños de mi niñez, gracias a esa morbosa necesidad de los adultos de contar relatos sobrenaturales donde siempre hay un muerto penando, un silbón torturado, una sayona desolada que le amargan la vida a los mortales.
Debe ser por eso que odio los pueblos. Más allá de la pintoresca visita y la apacible vida que me regalan por unos días, lo mio es la ciudad pura y dura. La que está llena de smog, carros, ruido y vivos, que en todo caso siempre resultan más peligrosos que los difuntos.
Pero resulta que irónicamente me tocó vivir a siete -sólo siete cuadras- de un vecino icónico: el Cementerio General del Sur. Y para más señas me tocó presenciar su milagroso proceso de cambio: de caos buhonerístico a bulevar ciudadano.
Desde la ventana de mi cuarto ví como la policía persiguió y “decomisó” mercancía a los rebeldes buhoneros que se negaban a abandonar la calle. También me desayunaba con los vendedores intrépidos que me daban los buenos días cuando estaban guindando en mi reja de habitante de piso 1, cualquier cantidad de franelitas, lycras, faldas y lo que pueda venderse a “2 x 30 bolos”.
Ni hablar de diciembre. Ufffffff. Diciembre! Ya se imaginan lo que fue diciembre. Nada más les cuento: una mañana le pedí a dos señoras que madrugaron en la escaleras del edificio “¿será que pueden recoger la ropa para poder entrar y salir?” porque ya habían puesto su tarantín del día.
Bueno. Es lo que le pasa al que vive en El Cementerio, el oximoron caraqueño, donde lo menos que hay es paz y quietud.
Pero con la llegada del bulevar ocurrió un fenómeno. Un fenómeno sobrenatural.
Después de tragarnos toda la tierra y el polvero consiguiente, los habitantes de El Cementerio (los de la parte de afuera) fuimos testigos de un milagro digno de velones: recuperamos la calle.
Sí, es sorprendente pero la gente que vive allí puede salir a la calle, a su calle. A la que tiene enfrente, la que le fue robada por años por el caos de la economía informal, esa calle que de día les pertenece a los compradores y a los vendedores.
Y tal como un milagro ocurre de noche…
Se empiezan a encender las luces y se abren las puertas de las casas. Desde los edificios bajan y se apoderan de los banquitos. Sube de a poco el rumor de la gente.
A las 8 de la noche no hay espacio para sentarse. El bulevar está lleno. Las mamás con los coches, los niños en bicicletas, los muchachos con los balones, las señoras con sus libritos, los evangélicos con su verbo, los borrachitos con sus botellas. Aquí los que viven son los que empiezan a salir.
Por eso hay menos muertos (léase en todo el sentido de la palabra) porque hay más vivos.
Bendito sea el fenómeno. El fin de semana a las 12 de la noche (sí, lo juro eran las 12 de la noche) las risas estruendosas de un grupo de señoras me hizo asomarme a la ventana:
– “Jajajaja, mija ¿y tú no has visto la hora que es? ¡Qué novela vamos a estar viendo si ya se nos pasaron todas¡”- dice una que tiene a su custodia tres niñitas de 5 a 7 años que juegan pelota frente a ellas.
– Chama, verdad, hablando y hablando se nos pasó el tiempo…. ¡Si ya lo que están poniendo es el himno¡ Vamos a dormir es lo que es….
Y sin tener que cruzar la calle ni agarrar un carro, recogieron a sus pollitos y subieron a sus casas a esperar que llegue la noche para volver a salir.

De cacería

Este post nació de una mentada de madre. Puede resultar grosero pero es que no hay de otra, la historia comienza así:

Estaba yo un sábado de quincena lluviosa metida en una cola de estacionamiento, que me llevaba a la cola del supermercado, donde iba a hacer la cola del carrito para empezar a hacer la cola de la caja, cuando de pronto escucho lo siguiente: “hay leche, pero nada de azúcar y meeenos harina pan”. Mi madre, que se ha vuelto cazadora de alimentos perdidos, agradeció el solidario reporte y puso su parte: “en el Luvebras hay mantequilla pero Chiffon, no ha llegado la Mavesa”.

Yo, que estaba ahí porque soy la que manejo y todavía no he podido pagarle a nadie para que me haga el mercado, escucho atenta el mapa de productos en extinción y pregunto inocentemente: “ajá y si no hay nada aquí ¿nos vamos a calar esta cola?”.

… Silencio reprochador. Mirada de “esta no tiene ni idea de lo que pasa en el mundo”… Y la rebatida: “Pues claro ¿o tú crees que vas a conseguir todo en el mismo lugar? ¡¡¡Hay que moverse!!!”

Bueno, aquí es donde viene la primera mentada de madre. Fui a tres supermercados diferentes, hice tres veces la cola de sus respectivos estacionamientos y otras tres veces la cola de las cajas y tres veces más pagué los carritos que llevaban tres tristes bolsas y por supuesto: tres veces me mojé (¿recuerdan que era una quincena lluviosa?).
Y ahí dije: “Coño, este es el país”. Así que de eso se trata cuando leo en el periódico que hay escasez, desabastecimiento o como quieran llamarlo. Así que en esto se resume eso de ser ama de casa o ser responsable de un hogar y que un grupo de gente pueda alimentarse.

Así que esto es la crisis alimentaria y la soberanía y la garantía de autoabastecimiento…. Ummmm, ya sé. Soy periodista, debería haberlo entendido antes. Pues no. Me cayó la locha. Es que no hay capa ni intelecto que aguante el charco y el enchumbamiento cerebral que me produce hacer mercado en estas circunstancias.

Eso de “cazar” productos de la cesta básica es un acto heroico. Casi un reality show de supervivencia. Un abuso, un retroceso.

Mi madre lo sentenció y le doy todo el crédito de su sabiduría: “hacer mercado da dolor de ovarios”.

Es verdad y por eso menté la madre.