Las formas del Espiral

Me pasa que cuando veo una película que me gusta a cada rato hablo de ella. También me pasa que soy una fiebrua del cine y me quedo pensando en las escenas y los diálogos por mucho rato. Por lo general hasta que viene otra película que me gusta y el ciclo vuelve a empezar.

Así me está pasando con Espiral. Una deliciosa película mexicana que descubrí gracias a Sergio Moreno, ser (valga la redundancia) que asumió la misión de estarme educando todo el tiempo, cosa que le agradezco infinitamente.

Un buen día el mencionado Ser llegó y me dijo “esta película tienes que verla es como para tí”. Su gancho fue directo al corazón. “Es la historia de un pueblo que se va quedando sin hombres y de cómo las mujeres asumen por 18 años las riendas de sus vidas sin hombres”. Pam. Más nada que decir. Y como su trabajo no está completo sin ver el resultado, me llevó de la mano, me regaló la entrada del cine, me compró unas cotufas y se sentó a ver la película de nuevo para estar ahí mientras yo la veía.

Que quién la dirigió, que cuándo la hicieron, que si las actuaciones, que si la banda sonora. Son temas de los que podemos hablar por largo rato. Todo está ensamblado y dirigido de manera memorable. Pero lo mejor de la historia es que tiene una sensibilidad y un ritmo maravilloso.

No la voy a contar. Detesto cuando la gente hace eso. Es como echarte el cuento de lo sabrosa que estaba la torta y lo buena que estuvo la fiesta pero al final tú no fuiste. Eso lo sabes o no. Lo sientes o no. Lo disfrutas o no. Pero como evangelizar sobre el cine y la literatura es lo más cerca que puedo estar de la religión, les dejo un pedacito para que busquen la manera de verla.

La coquetería en Venezuela

Cuando me pongo mi traje de superheroína del periodismo y tengo la feliz coincidencia de trabajar temas que me interesan (no siempre pasa) trato de llegar con la mejor disposición posible hacia el entrevistado para tratar de entender y aprender cosas de esos sujetos, dícese, especialistas de algún área.

Llego, me presento, les echo el cuento de por qué estoy ahí y qué es lo que quiero saber y más bla bla bla. Siempre tan inteligentes y preparados ellos. Pero ya van tres veces, repito, tres veces que recuerdo claramente, en las que he sentido la necesidad imperiosa de pararme a la primera respuesta y largarme a invertir mi tiempo en algo más productivo como comerme un helado.

A las dos personas anteriores no voy a referirme. Sólo diré que ocupan cargos públicos. Pero la tercera fue un cirujano plástico que hoy traigo a colación porque leí un comentario igualito a aquel que escuché años atrás. Hoy fue en boca de otra cirujana. Y supongo que muy bonita ella. Lo que entiendo es que ese tipo de respuesta como que está estandarizada en el gremio.

La declaración dice así: “Es que las venezolanas somos muy coquetas”. Esto en relación al auge de  las cirugías estéticas en este país de misses y cosas bellas. Me detengo en la palabra “coqueta”. Aunque lo intento, me pierdo en el resto y no sigo leyendo su explicación. La coquetería es el término que algunos cirujanos encontraron apropiado para definir las razones por las cuales hacen chorrocientos de cirugías estéticas semanales y el culto al cuerpo le da tres patadas a la preparación integral para triunfar en la vida.

Bueno. No me voy a poner a pontificar sobre las poderosas razones sociales y psicológicas que se mueven tras las intervenciones quirúrgicas y la importancia que tiene en la vida colectiva nacional. Menos voy a hablar del pujante y lucrativo negocio que se mueve con el autoestima de la gente. Tampoco me voy a poner a criticar a las que no tienen ni pa’ pagar el carrito pero empeñan “aquel” para tener su par de pechugas extra size.

Ese no es mi problema de hoy. Mi punto es la palabra co-que-te-rí-a. Que un profesional de la medicina justifique el exceso de cirugías en un mismo ser humano como lo que considera “una coquetería”. ¡Ay chica, es que te somos de un coqueto en este país!. Coqueta es combinarse los zarcillos con el cinturón. Coqueta es ponerte pulseritas y anillos a la moda. Coqueta es ponerle lacitos a las niñas en el cabello que le luzcan con los vestidos. Eso es coquetería.

Pero someterse a cirugías estéticas antes de cumplir los 18 años no es coquetería. Pedir dinero prestado sin tener un salario estable ni un techo donde vivir para inflarse las lolas y las posaderas, no me parece nada coqueto. Soñar con que serás alguien en la vida cuando por fin el silicon inunde tu cuerpecito y ahí si puedas decir “me siento bien conmigo misma”, nada de eso entra en la categoría de los coquetos.

Que viva la cirugía para que este país siga teniendo autoestima. Y que la coquetería nos siga definiendo el gentilicio. Pero mis guiños a la feminidad seguirán limitados a los adornitos externos.

El último intento

–         Este es el último intento. De verdad, este sí-
–         Tengo sueño, vámonos-
–         Último intento, anda. 5 minutos-

En la entrada del quinto motel de la jornada, la recepcionista bosteza con desgano antes de que el apresurado visitante pregunte con cara de desespero:
-¿Hay habitación?
-Hay una que se desocupa como en veinte minutos ¿Quieres esperar?-
-Bueno, déjeme ver-

Dentro del carro otro bostezo deja ver el hastío.
-Son las 2 y media de la mañana. Estamos en esto como desde las 1- dice la chica que ahora se torna pesada y seca. Nada que ver con el sensual mujerón que a las 11 de la noche cenaba con breves interrupciones de besitos y sorbos de vino.
-Anda vale, vamos a esperar- le dice el muchacho con un tono más de súplica que comprensivo.

Desde la recepción, la pantalla del televisor parpadea la imagen de algo que nadie está viendo. La recepcionista ríe con sorna y alza a lo lejos una mano para llamar al joven que intenta retomar los cariñitos que lo llevaron al comienzo de la búsqueda.
-Ya está casi listo. Tuviste suerte porque fue un rapidito-
-¿Podemos pasar entonces?
-No. Están limpiando-

Medio limpiando para ser exactos. En dos minutos sale del fondo de un pasillo una señora diminuta y ágil con un amasijo de sábanas envueltas y pasa a un cuartico que da hacia el estacionamiento.

Un taxi bordea la curva que oculta la entrada del hotel. Pero ya el cartel está en la puerta: “No hay habitaciones”. La decepción del hombre se queda en la oscuridad de la cabina de taxi. Sólo se oye desde adentro la voz: “Última carrerita hermano, calabaza, calabaza”.

La pareja afortunada voltea y sonríe: son los triunfadores. El muchacho hace la transacción en ambiente bancario. “Son 180 Bsf”, vocean desde adentro por el intercomunicador. El vidrio se empaña por el frío del aire acondicionado hermético.
Sale la taquilla. Ponen el dinero. Meten la taquilla. Cuentan los billetes. Sale la taquilla. Aparece un número con una llave.
– Me pones dos refrescos y un par de condones por favor- acota el muchacho dejando el billete que quedó del cambio.
-¿De qué sabor?-
-Pepsi y colita-
-De los refrescos no, de los condones-
-Ah…-

Las miradas se entrecruzan con algo de duda:

-Del que sea, al que usted más le guste- dice la muchacha que ha ido perdiendo el sueño y ganando interés.

-¿Se van a quedar un rato o salen mañana?-

Otro par de miradas chocan.

-Un rato, será- suelta casi a regañadientes el chico.

La 14. Segundo piso, primer pasillo a la derecha. El cartelito señala una numeración que lleva hasta la 36. Y falta otro piso más. Cuarenta y cuatro habitaciones, lleno total a las 3 de la madrugada de viernes para sábado.
Cuando van camino a las escaleras, la recepcionista les grita: “epa, si se van antes de las 6 de la mañana me avisan porque hasta las 4 hay gente todavía buscando”.
Dos horas, son dos horas. En 120 minutos son muchos los gemidos que se ahogan tras las paredes.