El pene de los escritores

Tengo que empezar por aclarar que este es un post de desahogo. No tiene la intención de ser un reclamo, ni mucho menos un grito de inconformidad con mi vida. Pero el tema me ha dado de cachetadas durante estos días y no puedo dejar de hacerlo público.

Estoy de vacaciones en mi trabajo en el periódico, lo que no quiere decir que no tenga trabajo pendiente. Como mi oficio es escribir tengo que estar frente a un teclado por indeterminados períodos de tiempo para que ocurra la magia de que esas letricas sin ningún orden aparente se conviertan en algo que llaman “texto”. Parece fácil. Teclea a lo loco que algo sale. Los niños lo hacen y muchísimos adultos también.

Pero cuando uno pertenece a esa raza estrafalaria de ilusos, románticos, necios, masoquistas que quiere convertirse en escritor tiene la obligación de saber manejar esos 27 símbolos y hacerlos vivir como algo infinito. Nada más y nada menos.

Yo soy una de esas extrañas criaturas. Y por más que intento explicarlo hace poco fue que entendí en una revelación, cuál era la dificultad que eso me implicaba: ausencia de pene. Sí, así mismo.

La configuración del mundo se dividió a partir de esa pequeña medida (son más casos de los que se cree). Tiene pene, no tiene pene.

Si usted tiene pene es del grupo de los que trabajan fuera de la casa y lo doméstico no se circunscribe a sus responsabilidades. En caso de que lo haga (siempre es opcional) será considerado un ejemplo admirable y un extraño especimen entre sus congéneres.

Pero si usted no tiene pene forma parte del grupo de los que trabajan SOLAMENTE cuando están fuera de la casa porque lo que haga dentro de ella no es trabajo, sino que forma parte del paquete.

El escritor es uno de esos privilegiados que puede decidir trabajar dentro de la casa pero -si y sólo si- tiene pene. Sino es así, respire profundo porque va a tener que explicar a cada instante que ese movimiento frenético de aquí para allá sobre las letricas ES UN TRABAJO.

Conste que este post no tiene intenciones de ser un manifiesto feminista y menos sexista, que sería el peor de los casos. Lo que pasa es que recuerdo que cuando los consagrados cuentan sus anécdotas de cómo hicieron tal o cual obra maestra lo primero que explican es que producen a cierta hora del día y cumplen rutinas de creación que se establecen como jornadas. Así estén en el cuarto de al lado, en el medio de la sala o en el estudio de arriba. Nadie los interrumpe porque están trabajando.

Pero las mujeres deben lidiar con la dificultad de que el entorno no suele separar la jornada doméstica de la jornada de trabajo si estás en la casa. La razón esencial es que como el oficio doméstico nunca se acaba tienes que hacerlo tú sino cuentas con un empleado especifico que haga ese trabajo y tú el tuyo.

Esto debería estar muy claro si seguimos la lógica empresarial. La señora de mantenimiento no me llama para que vea que la poceta está goteando. El señor de servicios generales no me consulta qué hacer si la cerradura se atascó. Al mediodía nadie me llama del comedor para ver qué vamos a comer y cómo se prepara el pollo. Ellos son profesionales en su área y yo en la mía.

Pero no hay manera. O uno pelea mucho y se convierte en la madre desnaturalizada, cuaima malencarada o floja sin oficio que juega en la computadora o te la calas y haces meditación zen.

Mi solución es más simple: apenas pueda voy a tener una oficina fuera de la casa. Así sea un cuarto sencillo que tenga suficientes enchufes y en mi caso una ventana. Porque como yo no tengo pene, ni quiero tener, pues me toca camuflajearme en una guarida donde cuelgue un cartel bien explícito que diga: MUJER TRABAJANDO.

Nota al pie: este post terminó de escribirse a la 1 de la mañana cuando los demás ya están durmiendo.