El juego más serio del mundo

Era la 1 de la madrugada y todavía se estaban riendo. Tuve que decirles que era día de semana y los vecinos iban a trabajar trasnochados. Eso les dio más risa. No la ahorran. Cada carcajada que intentaban ahogar era un estallido de risa profunda y estruendosa. Las dejé tranquilas. A mi también me daba muchísima risa.

Una le decía a la otra: “a dormir, a dormir”. La otra se callaba por un segundo y repetía “ahora sí a dormir” y tarareaba una loca canción de cuna que cambiaba la estrofa de “que viene el coco” por “tú tienes moco”. Más risa estruendosa. Seguían jugando.

Es que han pasado varios meses sin verse. Cada vez que se encuentran es una fiesta. Comen caramelos, se roban las reservas de chocolate, compran torta a escondidas para no tener que compartirla con otros y se acuestan en la cama a darse cucharadas la una a la otra: “una más y ya”. Pero no dejan ni migajas para las hormigas.

Se peinan y se ponen los ganchitos de plástico que vienen en las piñatas. Se ensucian de maquillaje con escarchita y cuando se lavan la cara mojan todo el baño salpicándose. Una es el “arre caballo” de la otra. Las almohadas ruedan por el suelo a cada rato.

Y a las tres de la tarde agotadas luego de una mañana de juego hacen la siesta juntas. Hasta duermen igualitas: de lado, con una almohada entre las piernas y las dos manos juntas frente a la cara en actitud de oración.

Es que tienen la misma sangre. El ADN se mezcla, da combinaciones increíbles y al final gira en una vuelta exacta y transmite esas pequeñas cosas que te hacen familia. Y ellas lo disfrutan como nadie.

Es que tuvieron que pasar 70 años para que se encontraran, se conocieran y se hicieran las mejores amigas del mundo. Por eso juegan tanto. Celebran y disfrutan su encuentro. Mi abuela y mi hija amanecen riéndose.

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