Sutiles ascensos

No sé por qué, no sé explicarlo pero desde que nací como madre (uno vuelve a nacer) gané una especie de respeto -casi imperceptible- pero cierto entre las mujeres de mi familia y mi entorno.

Aunque a esa edad ya trabajaba, me había graduado en la universidad, había estudiado dos carreras y sabía otros idiomas, mis mujeres de referencia me seguían viendo como una niña de 26 años. Hasta que anuncié que estaba embarazada. Sus miradas hacia mi cambiaron. El tono de sus conversaciones conmigo fue más íntimo, más cercano. Más de “iguales”.

Una prueba fue los temas en los que empezaron a incluirme. La vida en pareja se abrió sin reservas como tópico. Los problemas íntimos de ser mujer se develaban ante mí. Había crecido. Me lo certificaba una bebé que venía en camino. Gané respeto y confianza. No tengo duda.

En mi trabajo ocurrió lo mismo. Me fui de postnatal siendo una “chamita” y regresé como una mujer. Era como si automáticamente podía entender todo de lo que me hablaban. Sabía del mundo, sus miserias, sus maravillas, sus temores. Ahora sí podía entender sobre  lo humano, lo divino, lo terrenal y lo superficial.

La última vez que había sentido eso fue cuando cumplí 15 años. Ocurrió una noche luego de pasar todo el sábado en el páramo haciendo una parrilla. Cuando entramos a la casa, mis tíos mandaron a los niños a bañarse para cenar y ponerse la pijama. Pero a mi me dijeron “anda a arreglarte”. Me quedé fría. Se iban de rumba y yo podía ir. Esa también fue la primera vez que dije una grosería delante de ellos.

Pero este ascenso tiene otras implicaciones. Es algo así como una consagración en la que se rompen los sellos sagrados y absorbes tus respectivos poderes sobrenaturales. Es el sexto sentido aquel, que se convierte en tu mejor título de grado aunque en muchos casos ni siquiera sabes cómo funciona.

No sé si va en el inconsciente. No sé si es una especie de ritual colectivo en el que las otras madres te dan la bienvenida: “Lo has logrado. Has descubierto el secreto. Eres de las nuestras”.

Lo que puedo decir es que uno comienza a tratar a las que vienen con esa misma deferencia que te otorga la recién estrenada maternidad (como es mi caso).

La prueba me explotó en la cara el domingo pasado. Mientras mi mamá y yo estábamos ocupadas, Sophia se nos escapó cinco segundos que le bastaron para meter la cabeza en un espacio de la silla del comedor y se le quedó atascada. Gritó y nosotras corrimos. Mi mamá no supo qué hacer y se quitó. Yo sostuve la silla con una mano, con la otra la incliné y con otra mano (no sé de donde salió) le giré la cabecita, le agarré el cuello y la saqué.

Sin daño y con el corazón apretado resolví el percance. Mi mamá contó la anécdota a todas sus conocidas como si se tratara de un logrado 20 en el examen final. Internamente aplaudieron. Y ahora mi premio es que celebran el día de la madre en mi casa. Lo he logrado. Tengo el secreto. Soy una de ellas.

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