Un día normal

En una mañana normal un león duerme sobre la tapa de la poceta. No me deja hacer pipí pero no por lo fiero sino por lo cómodo que está. No lo puedo despertar “está numieno”. Ah, disculpe señor león.

En un mediodía normal tengo platillos voladores en la sala. Mientras servimos en aquellos bonitos de las ocasiones especiales y usamos las copas para servir leche o jugo, de un momento a otro aparecen convertidos en platos normales que se escondieron bajo una pila de camisas que alguna vez estuvieron dobladas.

En una tarde normal un conejo maneja bicicleta por el pasillo. Suele ir solo pero a veces se atreve y carga pasajeros, en especial a uno conocido en los bajos fondos como “muñeco feo”. Es gris y tiene un sólo ojo ¿cómo más se va a llamar? También lo acompaña un perro que no es perro “es caballo, arre caballo”.

En una noche normal la salsa de tomate se queda atascada en la puerta de la nevera porque un creyón le tranca el paso. Ella intenta salir a cumplir con su parte de la cena pero el guardián de madera fue puesto de tal manera que la botella tiene que luchar por su libertad. Al fin sale. Al color que faltaba le sale regaño “¡aquí ta!”.

En una madrugada normal cualquier pie distraído se estrella y choca con los restos que dejó el huracán que sólo pasó por mi sala.

En un día normal mi casa es ruidosa, intransitable, estruendosa. Somos felizmente normales.