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Ciclos de vuelta

Lo mejor que me trajo la adultez fue la posibilidad de elegir mis horarios tanto de clases como de trabajo. Soy nocturna y mis horas productivas se activan después de las 6 de la tarde, así que empezar mi día a las 10 de la mañana fue un privilegio bien ganado.

Pero hay una trampa que no te dice nadie: después del pico de independencia en el que logras autoadministrarte, ciertos eventos se repiten y empiezas de cero. No había caído en cuenta hasta que concreté la inscripción de Sophia en el preescolar.

La maestra muy dulce y tiernamente me dice: “el uniforme es camiseta azul con mono, zapatos deportivos, cabello recogido y el horario de entrada es a las 7 y 30 am” AM… AM… AM.

Ese eco retumbó en mi cabeza y calculé a vuelo rasante: ” si 1 +1 es igual a 2, entonces cero mata cero, o sea me tengo que levantar por lo menos a las 6 de la mañanaaaaaaa!”. Shit, con el perdón del anglicismo.

Repite conmigo: “eres un adulto, debes enseñar buenos hábitos, el que madruga Dios lo ayuda y también coge agua clara y todas esas vainas…”. Ok. Pero no sé dormirme antes de las 12 de la noche y por lo tanto no tengo autoridad moral para mandar a dormir a la niña a las 9 de la noche cuando toda la casa está en pleno. Ensayé por varios días y logré que a las 10 pm estuviera preparada con pijama y todo.

En mi típico domingo dejo todo para última hora y corre pa’ allá y corre pa’ acá, me da la medianoche. Por lo menos la niñita ya se duerme más temprano pero yo ando con todos los pendientes del mundo.

Y como casi no tengo oficio entonces empecé a estudiar también y amanezco leyendo (como debe ser). La historia es que me duermo como a las 1 de la mañana. La experiencia acumulada en mis 29 años de vida me dice que antes de las 9 de la mañana no abro los ojos.

Pero entonces ocurrió. Se expresó en mí de manera misteriosa una fuerza poderosa que hizo que apenas sonara el reloj, no solamente lo escuchara sino ¡¡¡que pudiera levantarme!!!

Fue algo pocas veces experimentado. Una sensación que había olvidado. Cómo era la luz del día a las 6 de la mañana. Hasta bonita se ve.

Salí de la cama, desperté a mi ratón que se levantó en dos minutos, de buen humor y todo, contra pronósticos pesimistas. Vestida, peinada y sonriente nos vamos a la escuela. Todos los días. Y llegamos a tiempo.

Lo logré. Soy capaz de hacerlo. Pero no se crean… no renuncio a dormir media hora más (30 minutotes) por lo que ya emprendí mi cruzada para que el próximo año Sophia estudie en el colegio que queda frente a mi casa porque estoy segura que fue Dios mismo quien lo mandó a poner ahí para hacer mi vida más fácil. No es de gratis.

Tengo que hacérmelo fácil porque no sé cuánto dure este efecto mágico de poder levantarme a estas horas. Apenas me faltan once años más de escuela.