Lola, lolita, lola

Para empezar este post de manera honesta tengo que decir mi talla de sostén para que se sepa claramente desde que frente estoy hablando: 38 C, casi 40. Es decir, sé de lo que hablo cuando hablo de lolas grandes.

Las mías son tan propias como las que se pagaron a crédito o contado, la única diferencia es que éstas no revientan porque están hechas de masa mamaria y a punta de favores de la naturaleza. Nunca había caído en cuenta de esta ventaja hasta que en una oportunidad, una amiga -un poco insidiosa por su disminuido frontal- me dijo casi en tono de reclamo: “no puedes criticar a la gente que se hace las lolas porque no sabes lo que es no tenerlas, para ti es muy fácil”.

Precisamente yo creía que era eso lo que me daba la propiedad para hablar en contra de las artificiales: la experiencia me enseñaba lo que es tenerlas grandes.

Pero mis argumentos eran más elementales aún. Mi primera razón me la dio mi abuela sin ella saberlo: “uno no debe tener dentro del cuerpo cosas que suenan a ferretería”. Esa treta de lenguaje era para evitar que yo me comiera las chucherías que contenían amarillo No. 5, pero, mira tú, el consejo también cabe.

Si el silicón es para pegar cosas en las paredes y reparar materiales ¿qué podría evitar que a alguien se le ocurriera usarlo con otros fines? El empresario de las PIP es un absoluto irresponsable, mercantilista, sátrapa y mercenario aprovechador de la belleza y ojalá en la cárcel le pongan un supositorio con el mismo silicón industrial que usó para las prótesis.

Pero al fin y al cabo ese pobre hombre ignorante ¿qué sabe de aquello que dice que a escotes bajos, autoestimas altas? ¿Qué puede entender sobre la fórmula de la realización personal que se mide en CC? ¿Qué le puede importar si la cotización femenina se celebra en copas extragrandes? ¡Él lo que quiere es plata, money, money! Gracias, silicon valley. Gracias Miss Universo. Gracias Miss Venezuela.

Válgame, Dios, que hubiese sido de mi vida sin mis portentosas lolas 38 C, dando la cara por mí. ¿Quién sabe en qué hubiese terminado mi autoestima sin lograr un buen ranking de echaderas de perros gracias a mis grandes amigas que llegaban a presentarme?

Esa amiga tenía razón. No tengo autoridad moral para criticar motivos porque sencillamente no estoy en situación. Pero esto es un gran ejemplo de aquello que las señoras mayores llaman “mostrar el hambre”.

-Mija, no muestre el hambre- (no digan que nunca lo han escuchado) que traducido quiere decir: no dejes que tus carencias te pongan en desventaja.

En mi humilde opinión de pechugona eso es lo que está pasando con la crisis de las prótesis. Y desde aquí me incluyo porque eso aplica para todos los artificios que nos guindamos. Las mujeres estamos tan necesitadas de ser reconocidas desde lo aparente que nos ponemos en riesgo ante cualquier vivaracho aprovechador que encuentra el nicho de la debilidad y nos ofrece la fórmula mágica.

Por eso cuando escucho frases como “no lo hago por otro sino para sentirme bien conmigo misma”, guardo silencio y sonrío. Escuchémonos. El silicón no vino conmigo y creánme, me siento bien.