Las transgresoras

La primera que conocí en mi vida fue a mi abuela. De todas sus hermanas fue la única que decidió -oh, horror- no casarse nunca. Lo decidió convencida de que era poco práctico y no le servía para mucho “con un apellido no se hace mercado”, dice. Al cuarto hijo de un marido acostumbrado a “corregir” a las mujeres que había tenido, a mi abuelo se le ocurrió una desafortunada noche amenazar con pegarle por una respuesta que a él le pareció una altanería. La respuesta de mi abuela, la transgresora, fue “si me das, trata de matarme porque si me levanto te jodiste”. Al día siguiente iba rumbo a Caracas, sola con sus cuatro hijos Rojas, solamente Rojas como ella porque mandó a lavarse aquel… con apellido y todo.

Esta historia repetida mil veces en mi casa hizo que me resultara algo lógico y normal tener una reacción como esa. Nada heroico, es decir, era obvio ¿no? ¿qué más se debía hacer en ese caso sino mandarlo al ca….? Pero con el paso del tiempo mi abuela, la transgresora, se convertía en una especie de luchadora por los derechos (no siempre entendidos como derechos) de sus hermanas y amigas “es que Paula es fregada”, decían. O sea ella era la rara.

Mi abuela tuvo otra pareja con la que tampoco se casó, ni siquiera días antes de que mi otro abuelo muriera. Y no por falta de amor o cariño sino porque para ella casarse era un accesorio y así mantiene firme su convicción.

La segunda transgresora de esta historia es mi madre. ¿Pero qué podía salir de la casa de aquella confrontadora? Mi mamá a los 20 años salió embarazada -oh, horror- de un príncipe sapo que se fue a construir un castillo que aún estamos esperando. Como era de esperarse transgredió lo que se suponía debió ser su destino.

Disfrutó su embarazo sin sufrimiento, ni mancilla, sin pedirle nada a los gobiernos que pasaban y sin buscar un santo varón que la ayudara a criar a su hija, con lo cual desmontó la teoría atómica de que con un hombre-cualquiera que hubiese sido- le iba a ir mejor. Trabajó exitosamente durante 25 años y cada vez que alguien le preguntaba si se iba a quedar sola y “por qué no le das un padre a la niña”, mi mamá la transgresora respondía “yo le di uno lo que pasa es que no me di cuenta que estaba dañado”.

Así es como en mi vida me he rodeado de transgresoras, a veces sin querer y muchas mas veces queriendo. He conocido mujeres maravillosas que me enseñaron que el ejercicio de la sexualidad no es un favor que le hacemos a los hombres sino un placer que nos tenemos que asegurar. Otras que -oh, horror- son mujeres plenas y completas sin que su útero tuviera que dar un hijo para confirmarlo.

Unas que cambiaron de pareja simplemente porque -oh, horror- les gustó otro. Y otras, como yo, que transgredieron el destino que signa a las que se casan y nos dimos el gusto de seguir el rito tradicional, contra todo pronóstico, para montarle una bomba desde las bases a esa estructura que nos pone en desventaja desde que salimos de firmar el papelito. Me niego a ser esposa=sufrida y demuestro que sí hay que cambiar el mundo como lo ven los hombres porque obviamente nos ha ido mal.

Mi transgresión diaria es que cada vez que siento que tengo puestos unos lentes masculinizados con los que entrompo cualquier decisión de mi vida, me los quito, los lanzo bien lejos y me pongo unos propios. Voy a ser la excepción hasta que logre que se convierta en norma.