La valiente que no se peina

Entre las mejores cosas de mi vida están las tardes de cine con mi mamá. En mis momentos más felices se guardan las dos y hasta tres funciones seguidas de películas junto a ella. Buena parte de nuestra relación está agarrada de esos recuerdos. Y como los hábitos cruzan parte del amor, empecé con Sophia una parte de su entrenamiento cinéfilo (estoy convencida de que se necesitan clases de cómo comportarse en una sala de cine). Ahora la tradición cambió de orden: soy yo la mamá que lleva a su hija a ver películas. Nuestro estreno fue nada más y nada menos que con Valiente.

A los que conocen mi corazoncito feminista y vieron la película pueden entender lo que significó para mí verla con Sophi: la historia de amor es entre la mamá y su hija. Ellas son las protagonistas. El príncipe azul no sólo es inexistente sino que está representado en sus versiones más tontas, lo que no quiere decir que así sean los hombres, es sencillamente que ellos son personajes de reparto, no la razón de ser de la historia. Desde la primera escena en la que la niña pelirroja, descalza, sin peinarse y suelta en el campo juega con su mamá, a mí se me aguaron los ojos.

Se me aguaron los ojos porque me he pasado el último año de mi vida estudiando y entendiendo por qué es que las mujeres somos como somos y peor aún… por qué al final tenemos la de perder o cómo es que eso ocurre. Busco y rebusco y resulta que no está en los cromosomas, ni en la leche que nos amamanta, no viene con el rosadito de la ropa, ni en los lazitos del cabello. Empieza en la formación de la identidad. Y la identidad que conocemos está marcada por Cenicienta, Blancanieves, La Bella durmiente y todos sus etcéteras. Las tipas bellas, sonrientes, cantarinas que no hacen nada porque no deben hacer nada, triunfan porque un hombre las lleva a ese destino feliz que es el amor y según así tiene que ser.

Cabe acotar que como Disney le dio tres patadas en efectividad de mensaje a Marx, Lenin y Simone de Beauvoir, nuestra vida y el deber ser va dependiendo en gran medida de la princesa de moda. Sino miren a las niñas y el marketing que reina en la calle.

Pero mi cuento de hoy es que no sé cómo, ni gracias a quien, pero se están colando las insurgentes. La directora de Valiente es mujer. Ya mi felicidad era plena cuando apareció la hermosa Tiana con pelo crespo, morenita y que nos enseña la gran metáfora de que toda mujer que se arrejunte mucho a un sapo corre el riesgo de vivir en un estanque. Ya Sophia que afortunadamente se pudo saltar los 30 años que tuve que echarle pierna para poder llegar a Disney en el mismísimo imperio, se había quedado prendada de una princesa que sí podía representarla y en una piel en la que se podía meter. No más pelucas rubicundas y lisas para poder soñar con una vida de protagonista.

Tiana quería trabajar, tener su propio restaurante, su gran sueño dorado era ser su jefa, tener su propio negocio en algo que le apasionaba. El príncipe fue sólo un paso en el camino.

Pero Mérida, la princesa pelirroja y despeinada de Valiente, va más allá. El príncipe más bien era su obstáculo. Mérida come sabroso, completo, se mete pasteles, un muslo de pollo, siempre tiene hambre porque está ocupada todo el día practicando el arco, montando a caballo, limpiando el establo. Mérida tiene oficio, sus oficios.

Mérida responde, pregunta, cuestiona, le da la vuelta a la norma, confronta a su mamá, se ríe de los tontos pretendientes y sueña con ser soltera y casarse cuando le dé la gana, sí es que se casa. Mérida triunfa porque hace lo que quiere hacer, lo que la hace feliz y le recuerda a su mamá (y a todas las mamás del mundo) que igualito es una princesa y está felizmente despeinada porque se mueve, está viva, activa, buscando su destino, batiéndose la melena en la calle.

Cuando conté este cuento un amigo me dijo “pero si esa película es como para adultos, la niña no entiende muy bien el mensaje”. Mi prueba es que Disney sabe que sus mensajes son para adultos por eso lo posicionan desde temprano. Si los niños y niñas no entendieran de que va este asunto, sencillamente el otro mensaje no estuviese incrustado en el cerebro de media humanidad que todavía cree en caballeros andantes y damiselas en apuros.

Bravo por la Valiente que empezó por despeinarse para “defender su mano”, como dice ella misma en la película.