Son treinta… y uno más (Mi manifiesto)

31

Me gusta mucho cumplir años. Siempre he creído que la gente que desprecia celebrar o no le da importancia a su cumpleaños es porque no está totalmente consciente de lo jodido que es nacer.

Este año cumplí 31, uno más allá de esos 30, el mítico escalón social que te acompaña cuando lo único que has hecho en la vida es rodar tres veces más en cualquier cosa. Pero poco a poco voy entendiendo el meollo del asunto, por lo que debo decir que esta es una edad muy ventajosa.

He aquí mi breve manifiesto de los treintas:

1) La sexualidad ya no se busca, se ejercita: una de las cosas más fastidiosa de los veintes es que aunque uno puede tener sexo con mayor libertad, en realidad, no sabes cómo aprovecharlo. Pero a medida de que te acercas a los 30 y más aún, después que te montas en ellos, empieza a importarte poco si la decisión de acostarte con alguien es un asunto “profundamente trascendental para la relación” o si son “dos almas que se conectan en la intimidad”, o “al estar contigo me siento plena”. No, no, no, no. Te gusta, te mueve el piso, te despierta las ganas y lo disfrutas. Adiós al fantasma de “¿será que cree que soy una pu…?”. Y adiós a los hombres que te lo han hecho sentir. Y si no es así, hermana apúrese, está desperdiciando un tiempo valioso.

2) El cuerpo está bajo tu dominio y no al revés: no voy a contar aquí las miles de veces que analicé martirizadamente el clásico primer viaje a la playa con un novio o aspirante. Tampoco voy a recordar el flujo de capital que dejé en las peluquerías para alisarme el cabello. Y ni qué decir de calarme la maldición de los tacones más de 8 horas sólo por verme “mamacita”. Not anymore. Ahora cada una de esas estrategias es bien utilizada, se selecciona y se aplica cuando la ocasión lo amerita y seguramente es porque nos interesa. De resto: soy como estoy.

3) No demuestras, avanzas: para llegar aquí seguramente muchas hemos pasado la mitad del camino, es decir unos 15 años, con la vida en gerundio: estudiando, empatando, separando, ganando, perdiendo, buscando trabajo o trabajando y por supuesto diciendo. Cuando cruzas la esquina te das cuenta de que se te ha ido largo rato en planificar y demostrar un brillante futuro que ya no es futuro. Y eso suele pasar por un hecho demoledor pero necesario: “a los 30 voy a ser millonaria, graduarme con honores, ser reconocida, viajar por el mundo, casarme, tener dos o tres niñitos y estar hiperbuena todavía… Coño, tengo 29”. Lo que fue, fue. Lo que importa es que muchas estamos donde teníamos que estar aunque sea con un item cumplido. Y ahí dejamos de caernos a cuento y hacemos. O mejor, dejamos de hacerlo porque ya no nos importa.

4) Poder decir “yo pasé por eso”: nunca envidié tanto a mi mamá como un día en que me vio sufriendo por una soberana estupidez y me dijo: “tranquila, todo pasa, esa no es la vida”. Es algo así como cuando uno es pequeño se mete al mar, una mini ola te revuelca y a ti te parece que es un tsunami pero después vuelves a ir a la playa con unos añitos más y el mismo tipo de ola la brincas facilito: pura bruma en los pies. Más o menos. Este momento es el primero de una serie de edades en la que puedes decir eso con propiedad. Y eso es muuuy sabroso.

Instintivamente tengo algunos puntos más pero como apenas estrené uno de mi treintena, no creo que tenga la certeza para defenderlos. Así que sírvanse y sumen otros a sus patrimonios personales.

Nos vemos en los 40.