La llegada de los piojos

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La aparición de un piojo en una cabeza es un acontecimiento que puede estremecer a la familia. Cuando se presenta la rascadera incisiva en una pequeña cabecita, los ojos de los adultos se exaltan y llegan sus recuerdos más remotos. Los piojos de uno son los piojos de todos.

No es sólo la picazón automática que se siente al oír la palabra. Es que la memoria hace el trabajo y te pone rápidamente en aquel lugar y aquel momento. Según la historia y el origen de cada familia, los piojos serán recibidos con mayor o menor alarma. Alarma siempre, lo que cambia es la intensidad. En el caso de mi familia el nivel es casi de pánico por dos razones esenciales: el tipo de cabello que nos precede (abundante, enrulado y frondoso) y las consecuencias capilares que dejaron las decisiones en torno al exterminio de los piojos.

Pero quizá hay otra cosa: la honra.

Mis tías tienen un dicho que ejemplifica esto: “seremos pobres pero muy pulcras”. El piojo siempre ha sido sinónimo de descuido, de sucio… y de pobre. Recuerdo vivamente la experiencia de mis piojos en 1er grado. Vivíamos en Caricuao, en edificio, servicios bien instalados, agua muy limpia y hasta calentador. “¿Cómo llegaron los piojos aquí?”, se preguntaba mi abuela. Muchos años antes se había enfrentado a ellos. Con mi mamá pequeña y viviendo en Antímano, un muchachero en la casa, menos agua y menos recursos cosméticos. El champú Avispa ya gozaba de su indudable fama (por cierto ¿por qué se llama Avispa si es para piojos?) pero para la melena de mi mamá no fue suficiente.

– “Ungüento La Guardia tuve que echarle”- dice todavía mi abuela -40 años después- con voz de resignación. Derrotada por la multiplicación de los piojos, mi abuela se dejó llevar por las costumbres radicales de la época y le mandó a cortar el pelo a mi mamá. Final triste. Ganaron los piojos.

Sin más niñas en la casa hasta que yo nací, el recuerdo de los piojos la persiguió con cada sobrina o muchachita cercana que le pasara por el frente rascándose mucho la cabeza. Hasta que llegó nuevamente el día. Cuando mi mamá certificó que yo me había traído mi respectiva cuota de piojos de la escuela, mi abuela- siempre tan decidida para todo- aplicó operación exterminio absoluto: compró peines de todos los tipos, variedad de champús, ungüentos, aceites y perfumes, esterilizó las toallas, sacó los paños más blancos para que pudiera ver el cementerio de piojos y liendras que caían bajo sus uñas en el paño impoluto. Toda la artillería en pro de eliminarlos. Delimitó con exactitud cuadrantes de cabello para atacar zona por zona. No hacía almuerzo. Apenas llegaba de la escuela me acostaba en la cama y se ponía los lentes para dedicar horas de trabajo hasta eliminarlos uno por uno. Y terminó con la única excursión que los piojos se atrevieron a hacer en mi cabeza: “Piojos, aquí no”.

Pero la vivacidad con la que lo recuerdo me hace ver que fue algo importante. La llegada de los piojos tiene su sentido. Ahora lo veo como la experiencia más igualitaria que existe. Pasan los años y ellos vuelven. El piojo y la liendra no saben de cabelleras lisas o rulos. No le importa si las hebras de las que se pegan son rubias, castañas o negras. Tampoco les importa si esa cabeza duerme en urbanización o barrio y menos si tiene cuarto propio o si comparte cepillo con diez cabezas más. Todos hemos tenido piojos y si no los tuviste perdiste una gran anécdota en tu vida. No eres el mismo después de los piojos, aunque sea para contar si los venciste o te vencieron.

En mi casa la historia de piojos -además de la anécdota- sirve para reforzar el vínculo de hija-madre-abuela que con Sophia llega a su cuarta generación. Será por eso que sin saberlo cuando comenzó el ataque incesante de mi mamá y sus remedios, mi abuela coordinando las acciones por teléfono, y yo instalada limpiando esa cabeza, a Sophia le generó tanta emoción el evento que lo único que soltó orgullosamente fue: “¡Mamá, yo tengo mis piojos!”.

Despierta

Hay sueños que son más bien como una escena. A esos hay que exorcizarlos.

***

Me parece que hoy no voy a trabajar. Anoche leí la pauta del día y pensé en que debo ponerme zapatos bajitos por todo lo que voy a caminar. Recordé que no tengo efectivo y debo salir más temprano para sacar dinero del cajero. Ah, y tengo que comprar los platos para la fiesta de la escuela. Pero acabo de darme cuenta de que no voy a poder hacer nada de eso. Ni hoy, ni mañana.

Es que amanecí muerta.

El día se nos va a complicar. Que problemón. Sé que estoy muerta pero no sé cómo me morí, así que seguro vendrá la policía, los bomberos o un paramédico. Bueno, estoy exagerando no creo que sea necesario porque no es que alguien me haya asesinado o algo así. Parece que estoy muerta y ya. Sin agresiones, ni nada extraño en el cuerpo. Simplemente no respiré más. Pum, muerta.

Ojalá no le digan nada a la chiqui porque es muy temprano y se va a asustar. Deberían llevarla a la escuela, que nadie abra la puerta del cuarto para que no lo note así no ve lo que pasa. ¿Por cierto, quién declara un muerto sin causa aparente?

Por favor que nadie grite, eso la altera, la aterra. Todo tranquilo en calma, así como yo lo haría. Pero no puedo hacerlo porque estoy y no estoy.

Mi mamá va a estar tan triste que va a olvidar dónde están los papeles del seguro. Y eso que se lo dije tantas veces. Pero no hay manera, las cosas trágicas la dejan inmóvil sin saber qué hacer. Debí anotar las claves de las tarjetas porque nadie tiene efectivo en la casa ¿cómo van a pagar los taxis para moverse y hacer el papeleo?

La chiqui se va a perder su clase que tanto le gusta. Ojalá no pierda muchos días porque tiene ensayos. Y los muchachos se van a perder el cumpleaños al que íbamos todos porque van a tener que cambiar de ánimo. Y de ropa.

¡Ay! No dejé anotados los teléfonos de la gente en el periódico para que llamen a avisar que estoy muerta y no voy a llegar a la pauta. ¡Se van a enterar como a las 11! y todo va a ser un desastre. La redacción no funciona bien cuando hay malas noticias. Que ironía.

Ojalá no duren mucho con el funeral. Hoy en la noche y listo, lo suficiente para que tengan tiempo de salir de sus trabajos y encontrarse allá. De noche es mejor porque van con calma, lloran un rato pero dentro de todo siempre se pueden tomar un rato para sentarse y echar los chistes. ¡Pero nada de estar amaneciendo en la funeraria porque la ciudad está difícil!

…Están abriendo la puerta. Ya va a empezar todo y apenas son las 6 de la mañana. Este va a ser un laaargo día.

De verdad discúlpenme. Tantas cosas que hacer, tantos asuntos pendientes y para agregar otro vengo yo y amanezco muerta. Qué se le va a hacer, qué puntería.