La rara cordura

velas

Yo crecí en una casa llena de paz. Dejenme explicar las características de mi hogar: una casa de tres habitaciones y un baño en el que convivíamos 13 personas. Teníamos temporadas en las que llegaban más, según las necesidades del clan extendido.

Muchos pensarán que una casa donde viven 13 personas puede ser de todo menos pacífica. Pues no. En mi casa había desorden diario, ropa por todos lados, las personalidades más insólitas, unos que trabajaban más que otros, los que complicaban la convivencia y los que la hacían funcionar, todo esto con poco dinero. Pero en cada minuto de mi infancia estuve rodeada de paz y cordura.

Mi familia nunca ha conocido el yoga, ni sabe de meditación ancestral. No conocen de mantras de la India ni de respiraciones profundas inhala-exhala. La única norma de mi casa ha sido “ustedes tienen que vivir juntos así que tienen que respetarse”. Créanme: uno sabe la importancia de la paz y el autocontrol cuando hay que compartir el único baño de la casa con 12 personas todos los días.

Esa norma de vida inevitablemente está en el disco duro de mi cerebro. Ser pacífica para mi no tiene nada que ver con sentarme a decir “ohmm” (aunque lo reconozco como una hermosa síntesis de miles de años de sabiduría). Mi pacifismo es simple y llano: por las malas, nada.

Así que como muchos otros venezolanos me siento atrapada en medio de una irracionalidad que no me define. No voy a marchar ni a protestar por causas individualistas. Se llamen Leopoldo o Hugo. No voy a quemarle la casa ni la calle a nadie. Así como mi abuela estuvo sitiada cuatro días sin poder salir y tragando humo, no quiero que los abuelos de nadie se tengan que tragar mi humo “protestatario”. No quiero que mi hija esté aterrorizada a punta de disparos y bombas lacrimógenas. Ni mi hija, ni los hijos de nadie.

Problemas tenemos de sobra. Podemos empezar por la humillación de pasar medio día en cola para tener un producto básico. No quiero agarrarme a golpes con nadie y menos por la leche. El hampa me tiene harta y presa de miedo. No quiero tener que madrugar o suplicar en la puerta de una escuela para encontrar un cupo en 1er grado. Quiero poder comprarme una casa sin ser narcotraficante: 3 mil millones de bolívares por lo bajito. Qué es eso para ti, oligarca.

Es que no soy oligarca. Soy hija de madre soltera, con un solo apellido que creció en apartamentos de interés social. Tampoco he sido pobre porque tuve opciones para no serlo. Oportunidades, lo llaman.

Yo protesto todos los días. Cada vez que escribo denuncias de maestros que exigen mejor calidad de vida. Protesto con cada reportaje en el que un médico, una enfermera o un enfermo pelea por tener por lo menos inyectadoras disponibles. Protesto para que no desaparezcan los reactivos de laboratorio y las medicinas de los pacientes con VIH. Protesto por las mujeres que recogen sus muertos diarios en la morgue.

Pero también protesto cada vez que me monto en un mototaxi y el pana se lanza una infracción: “¡hermanito, no vayas a contravía que tengo una hija que mantener y no me quiero morir hoy!”. Se ríen, me dicen “¡es verdad mi reina, perdoname esa!” y vuelven a la vía. (No he probado decirle malditos malandros pero creo que no tendría el mismo efecto).

Protesto cada vez que la gente quiere bajarse del autobús en medio de la calle porque no puede caminar los metros que lo llevan desde la parada hasta donde va. Protesto cuando una cajera de banco maltrata a una señora mayor. Protesto cuando un niño es maltratado para “enseñarlo”. Protesto porque los carros no se detienen ante el rayado para que los que andamos a pie podamos cruzar. Protesto con cada sesión de trabajo que hago con grupos de adolescentes embarazadas para que tengan un proyecto de vida y no crean que parir y parir es su destino. Yo vivo en protesta y no he prendido ni un fósforo.

A los que quieran protestar los invito. Si empiezas por mantener actitud de protesta aunque sea en tu medio metro de acción, la cordura regresará. No es una exclusividad tener la razón. Incluso dos personas de pensamientos contrarios pueden estar en lo correcto. No es un mito, ni una leyenda urbana del twitter. Haz tu trabajo y verás que nadie tendrá que imponer la paz. Allí estará.

PD: mi nueva acción de protesta será compartir recomendaciones de especialistas para protección personal, ayuda, convivencia y manejo de las emociones. Ah y me junto con otras protestatarias como estas:

http://www.magadescalza.com/los-gritos-silentes-o-como-protestar-con-creatividad/

http://amorsaludyfelicidad.com/ese-amor-que-da-paz/

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Sé mi Valentina

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Yo tengo mi propia Valentina. Cuando le puse el nombre pensaba estrictamente en la etimología, fiel a mi apego por las palabras: una niña que se llama Valentina tiene que ser valiente.

Pero resulta que mi Valentina es una romántica empedernida, más bien fiel a lo que representa. Es tímida y silenciosa. Llora con las películas de Disney, se asusta cuando aparece el villano y canta canciones de princesas. Dice que le gusta “esa música porque es muy enamorante”. Le da pena hablar en público. Se sonroja con facilidad y prefiere pasar desapercibida.

No puede ser más distinta a mi.

Creo que es por eso que la amo tantísimo. Es mi Valentina.

Hola 32, gusto en recibirte.

Las transformaciones duelen. Unas con mayor intensidad y otras hasta con disfrute pero hasta donde me ha tocado vivir todo lo que se rompe, duele.

Así llego a mi vuelta número 32 por este planeta. Con dolor.

No ha sido fácil este empujón hacia el nuevo ciclo. La última vez que tuve una revisión de este calibre fue hace unos ocho años. Venía de superar la herida de un duelo tremendo que me enseñó a vivir con intensidad pero también con la responsabilidad de quien se queda en este plano.

En ese entonces podía darme el lujo de ser solamente universitaria. Me coroné de toga y birrete con éxito, cumplí de sobra mis expectativas, me tomé la foto en el Aula Magna, hice enorgullecer a mi familia y sus satélites porque llevaba mi pan bajo el brazo: una educación de lujo que me garantizaba el escalón de arribita.

Empecé a trabajar en un diario de gente grande, un espacio privilegiado que podía llevar mi firma al pueblito de los pueblitos. Aprendí para qué soy buena, me enseñaron a escuchar, a atender, a ver lo que no es evidente y a no dejar de ver por muy obvio que parezca. Viajé por Latinoamérica a formarme con periodistas geniales. A veces se presentaban en forma de maestros pero muchas veces estaban sentados a mi lado.

Mis amigos se hicieron gente grande y se dieron el lujo de traer con ellos nuevos amigos que me hicieron (y me hacen) crecer de las maneras más felices.

Me casé con todo y tan tan tatan, tuve mi noche de princesa, mi vestido largo y brillante, mi canción, mi foto feliz. Mi seremos-felices-para-siempre.

Escuché como suenan dos corazones en un mismo cuerpo. Saqué hueso de mis huesos para formar otros huesitos. Compartí mi oxigeno. Albergué a un ser humano y le di de comer a través de mi alimento. Y la vi salir de mi, olerme y encontrar su propio oxigeno.

Pero crecer es dejar atrás. Mientras sigas parado en el mismo punto, el mundo continuará girando y lo más probable es que termines estrellado contra el suelo.

Como en esas horrorosas montañas rusas que te dejan cabeza abajo y sientes que te van a explotar las venas y vas a morirte ahí mismo, a toda velocidad, rodeada de ese estruendo que no te deja pensar, escuchas tu propia voz: “¡mija, pero ¿qué te pasa? Si tú solita te montaste aquí y te estabas divirtiendo!”.

Bueno, me quiero bajar. Necesito pisar firme. Tener la cabeza en su lugar.

 

Cuando la sangre encuentra la gravedad, con la vista aún borrosa, veo a lo lejos una persona caminando. Una tipa de 23 años que es superpoderosa, que lleva el cabello suelto crespo y rebelde. Tiene tumbao. Sí, si tiene. Se ríe durísimo y gesticula por todo. Habla y habla. Se las sabe todas… más una.

La veo de espaldas porque se va.

Este ciclo se está cerrando. Ya la universidad no es mi lugar seguro. Ya no firmo en el periódico aquel de gente grande. Y no fuimos-felices-para-siempre.

Sí duele. No estoy curada y me arden las heridas. Pero la que escribe este post está sentada en la tranquilidad de la medianoche cuando ya está de cumpleaños, con la musiquita que le gusta con poco volumen para no despertar a su chiquita que duerme metida en sus costillas. Con un trago de ron sencillo pero poderoso, en pijama y con medias. Porque quiero y porque puedo.

Yo quería ser como tantas personas cuando fuera grande.

Adivinen qué: ya soy grande y quiero ser como yo.