Una cínica más

banderaUno de mis grandes defectos es la poca empatía que tengo hacia la sensiblería. Cada vez que oigo palabras como “héroes, valientes, un gran corazón, dolor profundo”, y todo lo que vaya por esa línea despierta en mí el cinismo más genuino. Creo que por eso no me gustan los funerales (no hay muerto malo), ni la parte de las bodas en las cuales la gente quiere dar discursos. No, por favor.

Tengo que reconocer que este defecto se me está exacerbando. La situación del país más allá de deprimirme o asustarme hace que se me desarrolle un sentido agudo para detectar la hipocresía. Ahora todo el mundo está del lado correcto de la historia. Que Dios me salve de creer que mi pensamiento es el único correcto.

Empecemos por (re) conocernos: este es un país rico donde muy pocos pueden decir que de verdad han pasado trabajo. Sucesivos gobiernos han quebrado las arcas públicas, incluido éste, y sin embargo el dinero sigue fluyendo en la calle. A un costo altísimo para el orden económico pero ¿realmente nos importa?. Yo quiero mi casa, mi carro, mi Cadivi, mis pasajes para el exterior. Y cuando digo yo es porque de verdad lo quiero porque hemos sido criados para medir el éxito de esa manera.

Somos profundamente hedonistas. Tengo semanas viendo como una zona de Caracas se hunde bajo gases lacrimógenos, detonaciones, miedo, ira y frustración pero a menos de dos kilómetros la gente llena los bares, las tascas, compran zapatos y ropa nueva. Llámelo indolencia si quiere pero no se distraiga juzgando: eso es lo que realmente pasa. Es parte de la materia prima de la sociedad en la que vivimos.

Este es un país con serios problemas de normativa social. La anomia es nuestra cotidianidad. ¿Vamos a lanzarnos a la calle a hacer respetar la Constitución sin aprender a respetar algo tan básico como un semáforo en rojo o a no estacionar en las aceras? Sea por la razón que sea, justificada o no (el hampa me roba si me detengo, no hay estacionamientos, etc…) el punto es que nos tenemos que comportar así para sobrevivir porque somos parte del entorno. Vuelvo a mi punto: esa es parte importante de la materia prima porque creer que la medida social soy yo, mi formación, mis valores, mi educación y cómo creo que debe ser el mundo es de nivel ingenuo a arrogante.

Mi familia tiene más de 25 días asediada por las guarimbas en Mérida. No sé quienes son los que las arman, ni qué edad tienen, ni quiénes son sus padres, ni cómo fueron criados. No sé si pagan impuestos, o no sé si se jubilan de clase. No sé si se roban el internet del vecino o si tiran basura en la calle. No me importa. La historia es que después de casi un mes de jurar por todos sus antepasados patrióticos que están luchando por sus derechos, los tuyos y los míos resulta que le están cobrando peaje a todo el que quiera -y tenga que- salir de su casa. Le cobran 10 Bs al que sale y si por mala suerte cambian de guardia, cuando la persona regresa entonces le vuelven a cobrar 10 Bs más. Y Dios libre que no le paguen. Resuelven el problema diciéndoles “chavistas, vendidos o sapos”. Los amenazan con partirle los vidrios de los carros y demás. ¿Qué creían que iba a pasar en una sociedad que legitima el soborno para evitar multas de tránsito? El que esté libre de multas que tire la primera piedra.

Pero se están profesionalizando: desde la semana pasada se metieron en las instalaciones de una escuela que queda en la avenida Las Américas y no dejan pasar a nadie. Los docentes y alumnos tuvieron que pedir prestado un espacio en un liceo cerca del centro. Saquearon la comida que estaba en la cocina de la escuela. ¿Para qué vas a estudiar en un país donde no hay derechos, verdad? Claro, lo que necesitamos es más generaciones de jóvenes sin criterio.

Mi familia tiene tres semanas sin poder trabajar porque no pueden abrir el único negocio que los mantiene. Ya empezaron a sacar plata de los ahorros porque no cobran sueldo de ninguna empresa pública ni privada y tienen que sobrevivir en un país donde la cesta básica cuesta 9 mil Bs, por la medida baja. Así que nos jode el Gobierno con sus irresponsabilidades, sus desatinos y su arrogancia absurda pero también nos jode el vecino que cree que sabe más que yo porque sí sufre como el pueblo.

Entonces nos ponemos épicos. Y creemos que reencarnando en Bolívar, en Páez, o en el Negro Primero (el que más les guste) vamos a resolver el lio que tenemos. Y nos lanzamos a la calle porque lo que necesitamos son mártires, batallas campales y solidaridad de twitter para demostrar lo mucho que queremos al país. Así sí, a punta de retórica y frases hechas tendremos un país mejor.

No puedo con esto, de verdad. Soy demasiado cínica para el patriotismo que se desborda de lado y lado.

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