Los parques de (no) diversiones

parque26

Si algo he aprendido en estos 6 años y medio que llevo como madre es que no importa lo que te digan o te hagan creer, uno siempre es lo que es.

Por ejemplo yo soy cínica. De verdad no puedo evitarlo. Las respuestas irónicas me salen por los poros.

No sé hacer tortas, ni dulces, y cualquier comida que hago es con la firme intención de alimentar, nunca de disfrutar el proceso de cocinarla.

No soy de las que hace sandwichs 4D para que la niñita coma con diversión. No convierto el pepino en orejas de conejo. No le gusta, no se lo doy. Cuando crezca probablemente sea vegetariana aunque yo sea carnívora porque estoy más interesada en enseñarle a decidir.

Y desde el principio de los tiempos odio con todo mi corazón los parques de “diversiones”. Sí, me refiero a esos tipo Bimbolandia, los ruidosos llenos de máquinas de dudoso funcionamiento, bien ochentosos ellos.

Se suponía que cuando era niña tenían que gustarme porque estaban pensados para divertir (me). Pero no, nunca pasó. Que un niñito enfurecido se montara en un carrito chocón y se antojara de mi para estamparme durante siete minutos consecutivos contra su carro o una esquina estaba lejos de ser mi idea de diversión.

Montarme en un aparato cuya única intención era hacerme vomitar no era divertido en lo absoluto. No lo es.

Siempre fui más del estilo parque solo, sin diversiones preestablecidas. El tobogán, el columpio, la rueda manual, la mugre, treparme en cosas y después lanzarme para abajo, eso sí. Esa sí era diversión garantizada. Supongo que mi mamá secretamente lo agradecía nada más calculando los reales que se estaba ahorrando.

Increíblemente logré divertirme sin esos parques pero entonces me convertí en mamá y volvió el fantasma: regresar a los parques que te dicen lo que es divertido, tan ochentosos como siempre.

Según las 450 mil redes sociales de madres 2.0, esta experiencia debía hacerme la más feliz del mundo para “agradecer el regreso a la infancia”, “rescatar al niño que tenemos dentro” “ver feliz a nuestros peques” (sí, les encanta decirles a los niños, peques o minis).

Pues no. Los odio igualito.

El mismo gusano mal pintado y sin dientes. La misma rueda de tazas insólitas olorosa a décadas de vómitos. Los mismos carritos chocones llenos de niños furibundos con ganas de vengarse de alguien.

Debo decir que lo intenté mal llevada por la experiencia esa de ser siempre feliz cuando eres madre. Ok, vamos.

Llegué bien relajada pero de inmediato tuve que hacer una hora de cola para comprar unos tickets que de entrada ya son insuficientes. Y aquel caloooor. Niñitos llorando con urgencia de divertirse. Una fila de dos horas para una diversión de 3 a 5 minutos. Y la misma fila de dos horas más para montarlo otra vez. No poder sentarte nunca porque te da pánico que se te pierda en esa horda de niñitos drogados de algodón de azúcar y sus derivados. Y los mismos adolescentes hartos de recibir niños llorones en ese primer trabajo miserable. Y la fritanga por todos lados. Y el papá que no cabe pero se monta. Y la mamá que tiene que colearse para ponerle los zapatos a su hijo primero que todas las que tenemos 15 minutos esperando a que salgan.

-¿Cuántos tickets quedan?-

-Uno-

-Si le dices que podemos comprar más tickets, te mato. No es hipotético. Te mato, muertico-

-Ok, gracias a Dios. Vamos a comer algo decente-

Sonrío, no estoy sola en el mundo. El papá también los odia pero tiene la fortuna de que no existen los papás 2.0, consejeros de la sempiterna felicidad.  

Desde entonces, en mi casa ocurre un fenómeno inexplicable: desaparecen misteriosamente todas las invitaciones a fiestas de cumpleaños que tengan lugar en cualquier parque de diversiones.

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