Cabeza ajena

Criar es un susto. Básicamente consiste en desintegrar pedacitos tuyos, mezclarlos en fluidos infinitos con pedacitos de otra persona, batir, batir mucho (esta es la parte que nos gusta) y esperar un resultado desconocido. De allí en adelante haces el mismo procedimiento día tras día porque le das pedacitos de tus miedos, alegrías, emociones, tristezas, malas mañas pero especialmente le das las piezas primarias con las que van a formar su identidad. Criar es hacer un otro.

Ahí es donde el caldo se pone morado. Hace unos días me encontré con la otredad inevitable de mi hija. Con toda la navaja de la sinceridad me lanzó en la cara aquello que dice: “nadie escarmienta en cabeza ajena”.

-Mamá, no me gusta el pelo crespo-

No. No otra vez, no, por favor. Pasé 20 años de los 33 que llevo lidiando con este tema en mi propia cabeza de crespos indomables.

Ya va, revisemos los procedimientos:

  1. Quemarme el pelo 700 veces hasta entender que crespo es bello y sano (X)
  2. Tener el swing de los rulos (x)
  3. Respetar mi identidad (x). Decirlo en voz alta (x)
  4. Estudiar Maestría en feminismo y todo (x)
  5. Tener una hija preciosa gracias a la buena batidora de genes (x)

Aja ¿ y entonces? ¿Cómo es que este prejuicio atávico se me coló en la fórmula?

Porque ella es otra. Otra que no soy yo.

Otra persona, otra historia, otro punto y aparte y empiezo de cero.

Este último mes la otredad me ha caído a palos: coincidió una fiesta de sus amigos con la fiesta del hijo de mis amigos. Adivinen a cuál fue.

Y cuando apenas superaba lo de respetar la cabeza ajena, la biología hace de las suyas: le está saliendo un diente sin que se le caiga el de leche. Hola de nuevo, amigo ortodoncista.

Mi mamá más afilada que una espada ninja me suelta:

-Mija, empezamos otra vez. Es que el ADN no se opera-