Despierta

Hay sueños que son más bien como una escena. A esos hay que exorcizarlos.

***

Me parece que hoy no voy a trabajar. Anoche leí la pauta del día y pensé en que debo ponerme zapatos bajitos por todo lo que voy a caminar. Recordé que no tengo efectivo y debo salir más temprano para sacar dinero del cajero. Ah, y tengo que comprar los platos para la fiesta de la escuela. Pero acabo de darme cuenta de que no voy a poder hacer nada de eso. Ni hoy, ni mañana.

Es que amanecí muerta.

El día se nos va a complicar. Que problemón. Sé que estoy muerta pero no sé cómo me morí, así que seguro vendrá la policía, los bomberos o un paramédico. Bueno, estoy exagerando no creo que sea necesario porque no es que alguien me haya asesinado o algo así. Parece que estoy muerta y ya. Sin agresiones, ni nada extraño en el cuerpo. Simplemente no respiré más. Pum, muerta.

Ojalá no le digan nada a la chiqui porque es muy temprano y se va a asustar. Deberían llevarla a la escuela, que nadie abra la puerta del cuarto para que no lo note así no ve lo que pasa. ¿Por cierto, quién declara un muerto sin causa aparente?

Por favor que nadie grite, eso la altera, la aterra. Todo tranquilo en calma, así como yo lo haría. Pero no puedo hacerlo porque estoy y no estoy.

Mi mamá va a estar tan triste que va a olvidar dónde están los papeles del seguro. Y eso que se lo dije tantas veces. Pero no hay manera, las cosas trágicas la dejan inmóvil sin saber qué hacer. Debí anotar las claves de las tarjetas porque nadie tiene efectivo en la casa ¿cómo van a pagar los taxis para moverse y hacer el papeleo?

La chiqui se va a perder su clase que tanto le gusta. Ojalá no pierda muchos días porque tiene ensayos. Y los muchachos se van a perder el cumpleaños al que íbamos todos porque van a tener que cambiar de ánimo. Y de ropa.

¡Ay! No dejé anotados los teléfonos de la gente en el periódico para que llamen a avisar que estoy muerta y no voy a llegar a la pauta. ¡Se van a enterar como a las 11! y todo va a ser un desastre. La redacción no funciona bien cuando hay malas noticias. Que ironía.

Ojalá no duren mucho con el funeral. Hoy en la noche y listo, lo suficiente para que tengan tiempo de salir de sus trabajos y encontrarse allá. De noche es mejor porque van con calma, lloran un rato pero dentro de todo siempre se pueden tomar un rato para sentarse y echar los chistes. ¡Pero nada de estar amaneciendo en la funeraria porque la ciudad está difícil!

…Están abriendo la puerta. Ya va a empezar todo y apenas son las 6 de la mañana. Este va a ser un laaargo día.

De verdad discúlpenme. Tantas cosas que hacer, tantos asuntos pendientes y para agregar otro vengo yo y amanezco muerta. Qué se le va a hacer, qué puntería.

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Te presto mis zapatos

Zapatos tristes de Van Gogh

He andado en carro propio, mio, miito de mi propiedad. Me ha tocado echarme la ruta de esos monstros de autobús que le dan la vuelta completa a Caracas. Por supuesto mi ipod está lleno de canciones cabillosas gracias a lo que llamamos los caraqueños, la camionetica.
Uff y qué decir del Metro. Zoologico-El SIlencio-Plaza Venezuela-Ciudad Universitaria en hora pico (época a puntico de colapso). Pregúntenme la línea 1 y 2. Me la sé de atrás pa’lante y de qué color son las estaciones.
Casi contra mi voluntad también me ha tocado andar en moto y por supuesto que (mucho mucho) he andado a pie. Es decir que te conozco el asfalto en todas sus dimensiones y a los personajes que en el sobrevivimos.
Por eso me río cuando escucho que la ciudad es caotica. Ella es la caotica, nosotros no.

Hoy me desdoblo en cualquiera de sus personajes porque me he puesto todos esos zapatos. Esta es la comedia que somos:

Carro: (música de fondo y corneta a su máxima exposición. El semáforo cambia de verde a amarillo, de amarillo a rojo y el conductor acelera y frena en apenas dos centímetros que lo separan de su inmediato parachoque, ambos encima del rayado):

-“¡Muévete ague%$#&! o le vas a dar paso a todo el que venga!!!! Qué estás esperandooooo DALEEEE!!!-
-¡Y tú debe ser que tienes un seguro buenísimo! Cruzas por donde te da la gana y te das un postín!!!-
-Camionetero, métete que estás atravesado! Usa la parada y el cereeebro aunque sea una vez!- Chofer no es gente…-
-Malditos motorizados. Son una plaga y deberían matarlos a todos…-

Autobús: (música a todo volumen. Siempre a la izquierda aunque la derecha sea su carril. Siempre a toda velocidad aunque se para a cada rato “por donde pueda”. Siempre carga y descarga en el medio de la calle. Y aunque quisiera buscar las paradas no las vería porque Carro se estaciona donde sea y las bloquea):
-¡¡¡Mueve esa mie$#%&! o es que vas paseando!!!!-
-¡¡¡Taxista, quítate del medio o quieres cobrar tu seguro por pérdida total!!!
-Señora, váyase bajando aquí mismo rapidito-
-Atrás hay puesto, ruédense un pelo los que van guindados de la puerta-
-Cuidado al bajar con los motorizados. Son una plaga, deberían matarlos a todos…-

Peatón: (su música de fondo es el corneteo. No distingue entre el rojo y el verde del semáforo. Su filosofía es “dale que no viene carro”, aunque venga. Cuando se baja de Autobús no espera la parada y aunque Peatón 1 se haya bajado hace menos de un metro, Peatón 2 espera rodar unos centímetros más para quedar exactamente frente al lugar que le interesa):

-Señor, déjeme al cruzar pero un poquito más allá de la esquina-
-¿Usted pasa por la Urdaneta? ¿Y por la Andrés Bello? ¿Y por las Fuerzas Armadas? ¿Cuál me sirve pa llegar a La Hoyada?
-Apúrate vale, cruza rápido después del carro blanco-
-¡Animal, casi me atropellas! No ves que voy cruzando la avenida con un bebé!!!-
-Me bajé de la acera porque un motorizado iba por todo el medio. Son una plaga, deberían matarlos a todos…-

Motorizado: (música de celular en la pata e’ la oreja. Hace lo que quiere. Cuando quiere. Como quiere. Tiene una moto y cabe en todas partes. O hace que así sea):

-¡Co#$%&”! e la madre de todos los camioneteros! Me vas a lanzar el pote ese, no ves que voy pasando!-
-¡Mami estás sorda, no escuchas la corneta! Estás en el medio de la calle!-
-Epa taxista, quitate del medio. Da paso que tú no entras por ahí-
-¡La luz de cruces, animal! ¡AY si me atropellas en plena autopista!!!-
-Mija ¿no te sirven los retrovisores o los tienes puro de adorno pa’ pintarte?-
-Malditos choferes. No sirven pa’ nada. Por eso es que los matan-

Todos tenemos razón y todos tenemos la culpa. La difunta “ciudadanía” quedó por ahí en una calle. Muerta, tiroteada, atropellada y escupida. Pobrecita, la matamos.

En El Cementerio salen de noche

Si estuviera en el patio de la casona vieja de mis abuelos en el célebre Casanay de mis tormentos, este título fuera el comienzo de una de las miles de historias de muertos y espantos.
Los aparecidos, las ánimas y los murciélagos que convivían en las noches casanayeras me robaron muchísimos sueños de mi niñez, gracias a esa morbosa necesidad de los adultos de contar relatos sobrenaturales donde siempre hay un muerto penando, un silbón torturado, una sayona desolada que le amargan la vida a los mortales.
Debe ser por eso que odio los pueblos. Más allá de la pintoresca visita y la apacible vida que me regalan por unos días, lo mio es la ciudad pura y dura. La que está llena de smog, carros, ruido y vivos, que en todo caso siempre resultan más peligrosos que los difuntos.
Pero resulta que irónicamente me tocó vivir a siete -sólo siete cuadras- de un vecino icónico: el Cementerio General del Sur. Y para más señas me tocó presenciar su milagroso proceso de cambio: de caos buhonerístico a bulevar ciudadano.
Desde la ventana de mi cuarto ví como la policía persiguió y “decomisó” mercancía a los rebeldes buhoneros que se negaban a abandonar la calle. También me desayunaba con los vendedores intrépidos que me daban los buenos días cuando estaban guindando en mi reja de habitante de piso 1, cualquier cantidad de franelitas, lycras, faldas y lo que pueda venderse a “2 x 30 bolos”.
Ni hablar de diciembre. Ufffffff. Diciembre! Ya se imaginan lo que fue diciembre. Nada más les cuento: una mañana le pedí a dos señoras que madrugaron en la escaleras del edificio “¿será que pueden recoger la ropa para poder entrar y salir?” porque ya habían puesto su tarantín del día.
Bueno. Es lo que le pasa al que vive en El Cementerio, el oximoron caraqueño, donde lo menos que hay es paz y quietud.
Pero con la llegada del bulevar ocurrió un fenómeno. Un fenómeno sobrenatural.
Después de tragarnos toda la tierra y el polvero consiguiente, los habitantes de El Cementerio (los de la parte de afuera) fuimos testigos de un milagro digno de velones: recuperamos la calle.
Sí, es sorprendente pero la gente que vive allí puede salir a la calle, a su calle. A la que tiene enfrente, la que le fue robada por años por el caos de la economía informal, esa calle que de día les pertenece a los compradores y a los vendedores.
Y tal como un milagro ocurre de noche…
Se empiezan a encender las luces y se abren las puertas de las casas. Desde los edificios bajan y se apoderan de los banquitos. Sube de a poco el rumor de la gente.
A las 8 de la noche no hay espacio para sentarse. El bulevar está lleno. Las mamás con los coches, los niños en bicicletas, los muchachos con los balones, las señoras con sus libritos, los evangélicos con su verbo, los borrachitos con sus botellas. Aquí los que viven son los que empiezan a salir.
Por eso hay menos muertos (léase en todo el sentido de la palabra) porque hay más vivos.
Bendito sea el fenómeno. El fin de semana a las 12 de la noche (sí, lo juro eran las 12 de la noche) las risas estruendosas de un grupo de señoras me hizo asomarme a la ventana:
– “Jajajaja, mija ¿y tú no has visto la hora que es? ¡Qué novela vamos a estar viendo si ya se nos pasaron todas¡”- dice una que tiene a su custodia tres niñitas de 5 a 7 años que juegan pelota frente a ellas.
– Chama, verdad, hablando y hablando se nos pasó el tiempo…. ¡Si ya lo que están poniendo es el himno¡ Vamos a dormir es lo que es….
Y sin tener que cruzar la calle ni agarrar un carro, recogieron a sus pollitos y subieron a sus casas a esperar que llegue la noche para volver a salir.

Gotas del juguito cerebral I

La semana pasada estuve cuatro maravillosos días haciendo un taller de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano con Héctor Abad Faciolince, quien apenas se encontró con el grupo dijo (en tono de confesión) que era la primera vez en su vida que dictaba un taller de cualquier cosa. Y créanme que lo menos que hizo fue darnos poca cosa. Así que para los privilegiados de esa experiencia inaugural, el resultado fue inolvidable.
Y aunque es imposible reflejar el momento, las comidas, las charlas y el sonido de la gente que estuvo ahí lo más que puedo aportar son algunos textos que salieron de esa agotadora pero deliciosa jornada.

***
1) Describir en un párrafo un beso sentido o vivido

Mmm, la lengua baila. Lame como caramelo. Mmm, moja. Más, más. Tibia mi saliva. Labios mimosos. Mmm, rico. Muerde sin dolor. Más, ma, ma, ma.
Mi amor. Suena mmmmuack. Sabe a babita.

2) Construir un texto base con oraciones subordinadas (estilo Proust) y yuxtapuestas (estilo Hemingway)

I
Subordinadas

El tipo muestra la impaciencia de quien no llega a los 30 años, por eso se obstina cada vez que alguien baja del autobús, en medio de un tropiezo ambulante que se comprime en esa lata de cuatro ruedas, que desahoga y ahoga de nuevo los sudores ante cada parada que forma la ruta del colectivo S hacia la Plaza de Roma, justo a la hora de peor estancamiento de las rutinas cotidianas que coinciden en el mismo espacio y con la misma premura que le hace temblar la voz de reclamo al joven que sostiene su peculiar sombrero de cinta sobre una cabeza muy alta que mira al resto por encima del hombro.

II
Yuxtapuestas

Sostiene su sombrero. Se lo reacomoda en la elevada cabeza. Un codo que busca la puerta tropieza con él en el atiborrado pasillo del autobús. Vuelve a ponerse el sombrero. Lo inclina hacia la derecha. Más estilo, menos sudor en la frente. Siente de nuevo la opresión de otra humanidad en busca de un asiento libre. Le reclama. Otro lo empuja. Más paradas, mucha más gente. A una cuadra de la Plaza Roma, alguien se levanta y desocupa un puesto. Lo ve entre la multitud, ya no lo necesita. Llegó a su destino. Se baja y se acomoda. Estira y endereza su plastilinoso cuello. Le cruje por la obligada inmovilidad. Erguido e impoluto, corona su cabeza con la justa inclinación de su sombrero.
***

Más ejercicios en una próxima entrega….

Qué ovarios

En un arranque de ilusión primermundista quise usar el transporte público para salir a hacer compras prenavideñas (que de pre ya no queda nada) y en un alarde de autosuficiencia se me ocurrió agregarle a mi aventura unos 10 kilitos de resistencia, llámese mi pequeño saltamontes.
Zapatos de goma, bolso multiequipado con pañales, teteros, agua, galletas y demás enseres maternales, la muchachita y yo. Solas contra el mundo.
Veo a lo lejos la hilera de autobuses en la avenida Nueva Granada. Después de torear la calle en medio de un semáforo que nadie respeta, con cuatro fiscales de tránsito aleteando a esos que no lo respetan, enjambres de motorizados en un surfing de asfalto y los escombros del Buscaracas que aun no puedo utilizar, llego al otro lado.
En ese veloz minuto que duró el cruce, Sophia me jala los zarcillos que nunca debí ponerme, se quita repetidamente el lazito que me esfuerzo por combinarle y además grita bababababa, en su intento preferido de palabra.
El corneteo no da chance a que lea en cual carrito debo montarme. Al final, me trepo cual equilibrista a ese nivel infame de las escaleras de camionetica y con los dos únicos dedos libres que me quedan, me aferro al tubo de la puerta. El autobus siempre estuvo en movimiento así que en el tambaleo logró “caer” en un puesto milagrosamente disponible.
“Dios está con nosotras” pienso, y el chofer comparte mi pensamiento con una marquesina azul celeste con bolitas blancas felposas, que reza lo mismo y lo separa del resto de los sudores.
Los huecos me dejan saber la excelente gestión de la alcaldía. Mientras Sophia se para y se sienta, se pára y se sienta. Todo con mis piernas como alfombra.
El pasaje resulta que es a 1700 (bolos débiles) porque es fin de semana. Dos moneditas que no sé si valen 10 o 100, dos más de 50 (o 500) y la lucha porque Sophia no se las meta en la boca.
Después de frenazos inclementes y esquivar cuanta tronera hay en el camino, decido bajarme al mismo ritmo frenético en el que me monté.
El bolso, el equilibrio, el sencillo que suda en la mano, la muchachita que se me durmió. 10 kilos y 5 más que se suman con la siesta. El chofer, aburrido del mensaje advierte con una práctica calcomania: “cuidado con los motorizados al bajar”. El zumbido de tres motos en mis narices lo confirma.
Cuando logro bajar el primer escalón tambaleante y se acerca el brinco hasta la acera, siento la insistente vibración del celular que lleva tres llamadas perdidas, que si se perdieron fue por el volumen desorbitado del dj salsa cabilla.
Hago el malabarismo, doy doble salto mortal en medio de la calle, aprieto duro el bolso y más duro aún el cuerpecito profundamente dormido y con el meñique disponible atiendo: -“¿Y por qué no contestaste antes el teléfono?”- dice mi flamante esposo, cromosomas XY, representante del mal llamado sexo fuerte, desde la serenidad de su oficina.
¿Qué le respondí? -“Nooooo chico, no me jo…..”
Pero resulta que después del contestón y la consiguiente colgada de teléfono, respiro profundo el smog que me acaba de lanzar otro autobus y pienso: “no te quejes porque esto es un ratico”.
Es que esta odisea la viven tooodos los días, mañana, tarde y noche, miles de mamás que trabajan con un sueldo bajito pa’ darle de comer a sus pollitos (Calle 13 dixit) en el caos de esta generosa ciudad llamada Caracas.
Aquí más que bolas, lo que hay que tener es ovarios.