10+10+10

Digamos que todavía me cuesta tragar esa sensación carrasposa que me da cuando alguien (en especial los adolescentes) me dice “señora”. Pero también empecemos por reconocer que los veinte me duraron muchísimo más de lo que mis contemporáneas recuerdan.

El punto es que cronológicamente he pasado por tres etapas de diez años. Exactamente iguales y milimetricamente contabilizadas por alguna regla matemática.

Pero seamos serios, no miden ni pesan lo mismo. Los primeros diez son eternos. Parece que la historia de los dinosaurios pasaba ante tus ojos mientras estabas ahí atascado en esos dieeeeeez largos años en los que fuiste bombero, piloto, policía (en mi época valía ser policía) actriz, cantante y en mi caso “una persona que escribe cuentos y gana mucha plata”. Pero nada pasaba. Cada año era la prolongación de esa eternidad que apenas cruzaba su primera decena.

Entonces llegaron los otros diez: acelerados, atolondrados, en los que esas tías y madrinas de las fiestas te repiten con tono de señorona fodonga: “¡Ay esa muchacha si crece rápido, va volando!”.

Bueno, está bien. Son los de adolescencia y deben ser así de volados pero ya estás en la esquina donde acaricias el número mágico: 20. Ufff. Yo hasta ensayaba en el baño en qué tono le iba a decir a mi mamá “¡Por favor, no me vas a venir a someter ya tengo 20 aaaañooos!”.

De ahí palante mi otra decena fue así: un paseo a pleno sol, en un carro descapotable, con el cabello suelto al viento en una autopista despejada rumbo a la playa.

20, 21, 22, 23, 24… 25, 26, 27. “Easy going”, dirían los gringos o su equivalente local “Dale que no viene carro”. Pero pasó. Plum. Estos tres últimos me cayeron como una llovizna que anuncia el palo de agua. Me sequé el cabello y no traje paraguas. Coño, no hay pa donde.

Treinta palos recién estrenados llegaron el viernes pasado (ríanse, me cayó viernes…) y por primera vez en mi existencia, después de ostentar el récord de celebraciones apoteósicas de días continuos, rumba, sabor y guagancó se me ocurrió salirle corriendo a la fecha y al cumpleaños feliz que me decía en mi cara: “mija, son 30”. Gracias, la gerencia.

Ahora tengo que empezar a pegarme a las revistas de variedades que dicen que los 40 son los nuevos 3o y los 50 los nuevos 40 a ver si me lo creo. Porque eso de que los 30 son los nuevos 20, no qué va. Ni porque quiera. Ya no me aguanto la música en decibeles groseros para mi oido medio. Ya madrugar es levantarse y no acostarse. Y por supuesto mis pantalones a la cadera deben cumplir el requisito mínimo de tapar los rollitos de un vientre que ya tuvo inquilina.

Pero es que esta decena que empieza a correr me lleva es a los 40! Es mi momento de decirle a mis sobrinas: “¡Muchacha, como estás creciendo de rápido!”. Así, con mi respectivo tono de señorona fodonga.

Pero relax. Estos 30 apenas cumplen 8 días y me dejaron un inolvidable y célebre 10 de febrero de 2012: me levanté bien temprano, estrené ropa, salí de compras, comí delicioso (y caro) porque mi tarjeta de crédito bien acompañada de mi documento de identidad marca registrada 1982, me hicieron caminar feliz, llena de caprichos bien merecidos.

Cerré mi día con la compra de la tablet de la manzanita, como símbolo de aquel juguete de la infancia que soñabas con tener pero te quedabas viendo en la vitrina. Y puedo jurar que mientras caminaba por los pasillos escuchaba “Independent woman” de Destiny´s Child: “the shoes on my feet/ i bought it/ the clothes i´m wearing/ i bought it…”

¿¿¿Dónde están las tallas???

Sitio whisperingroseradio.com

Sé bien que a las mujeres nunca hay que creerles la edad ni el peso que dicen pero juro por mis antepasados femeninos que diré la verdad en este post, a fin de comprobar mi teoría: ALGUIEN SE ROBÓ LAS TALLAS.

Érase una vez yo fui talla 12. Así como en los cuentos de princesas con cinturita de avispa y todo. Gracias a mi mezcla afrodescendiente me desarrollé con buenas posaderas y no entraba cómoda a un pantalón talla 10. Pero me veía bien así que cero conflicto.

Como soy floja para medirme ropa, simplemente entraba a las tiendas veía el modelito y buscaba la talla 12. Durante más de seis años nunca me pelé. Ajustes más, ajustes menos entraba sin problemas.

Un día muy feliz me embaracé y me creció una panza que me elevó en la categoría de mamacita a mamá. Y ahí empezó el problema. Nunca más encontré mi talla. Primero me dije: “ok, engordaste mija ¿qué esperabas?”. Llegué a 79 kilos, entré en pánico y eché pa’ atrás. Pero nada. Así como bajaba de peso, así mismo me alejaba de lo que algún día fue mi talla. No la alcanzaba. Entré en un estado de culpa donde me responsabilizaba por engordar y ahora estaba atrapada en una talla 15-16 que me estaba volviendo loca. Me negué a comprar pantalones nuevos hasta que lograra rebajar y lo hice.

Orgullosamente perdí 9 kilos, que en cualquier momento de mi vida hubiese sido una escalada al Everest de la buenura y zas… me fui a comprar jeans. Moderada y todo pedí una talla 14. Pero no me subió de las piernas. Uffff…. hiperventilación dentro de los miserables probadores donde uno siempre se está asando.

Ok, ya va ¡¡¡¡Peso 70 kilos y no me sirve una talla 14!!!!!!!! Con las lágrimas en la punta de los ojos pedí el 15-16 y me subió pero apretadito. NO PUEDE SER (por no decir NO ME JODAN). Mi esposo que me ama me dijo que ese me quedaba “bien”. No, bien no está bien.

Por puro masoquismo le dije a la chica que me mostrara el talla 12. Ni con 50 kilos entro en esa menudencia. Me fui derrotada. Empecé a preguntarle a mis amigas y resulta que a todas les ha pasado algo así. Hasta a las flacas que no han tenido que luchar con cambios hormonales en su organismo. Resulta que ahora la talla 12 es lo que hace unos años era la 6!!!!! S-E-I-S, se lee seis. O sea nos picaron el cuerpo a la mitad.

Yo era talla 6 cuando tenía 11 años. Esto quiere decir que una mujer normal, desarrollada, venezolana (con carnita) y sana no debería meterse en esa talla. ¿Quién define eso? ¿Ahora por cuál medida internacional nos estamos midiendo? ¿Qué carajo está pasando con las tallas? No me quiero justificar, no pretendo ser talla 12 después de haber engordado y sin hacer ejercicio pero no soy yo nada más ¿En cuatro años pasé de talla 12 a 16 sin un exceso de peso considerable?

Yo nunca he pesado menos de 60 kilos ¡Nunca! Pesaba 63, 65 kilos y podía entrar sin problemas e incluso de algunas marcas me servían los talla 10 y ahora ¿los 16 me quedan forrados?

Si esto me pasa a mi que soy adulta, con poca inclinación a la culpa y al trauma, estable psicológicamente y con un pasado de mamacita que me dejó el autoestima firme, no quiero ni imaginarme a las pobres adolescentes que están en su peso ideal y sin embargo no logran meterse en la engañosa talla 6. De un número de pantalón a la anorexia hay sólo un paso.

Taconísimas

“Siempre desconfía de una mujer que use tacones un domingo”. Así le voy a decir a mi hija cuando crezca.

Es una lección que aprendí ayer y ahora me lo tomo tan en serio como los mantras del Dalai Lama. La razón es muy simple: sólo una mujer con suficiente malicia y persistencia aguanta un día tan libre como ese para encaramarase en dos altímetros de incomodidad.

¿Qué son los tacones? Un invento para la apariencia. Te hacen ver más alta. Te hacen lucir delgada o más estilizada. Te ayudan a destacar por encima de las demás. Hacen que tus pasos se vean firmes y sensuales. O sea: no hay razones útiles para usar tacones. Sólo parecer que. Lo que está muy bien porque es un recurso de supervivencia que todas necesitamos en nuestro armario pero ¿un domingo? No. Algo malo debe haber en una personalidad que usa tacones un domingo. Y puedo probarlo.

Estaba yo en la cola del cine comiendo mis cotufas ansiosa y anticipadamente (no sé explicar el fenómeno pero nadie puede evitarlo) cuando de pronto siento unos tac tac tac tras de mí. Volteo sin disimular y planto la mirada en el suelo. Unos plateados y afilados tacones de por lo menos 15 centímetros. Al lado, otro par más discreto. Botas negras pero como mínimo 10 centímetros. Me dio vértigo. Ni le vi las caras a las dueñas de los zapatos. Suficiente carta de presentación.

Instintivamente hago un movimiento de mis piecitos para verificar lo cómodos y libres que están porque es DOMINGO. Sonrío feliz por la dicha de las cholitas estandarizadas para salir.

Y empieza esta conversación que por supuesto yo escucho:

-¿Cuál es la que vamos a ver?-

-La que se ganó el Oscar-

-Aja ¿y cómo se llama?-

-No sé, algo de un rey-

-Ah… déjame ver que dice la pantalla… “El discurso del rey”, se llama-

-Esa misma-

-No hay para la función de las 7 sino a las 9 y 40-

-Ay no. Dos horas y media sin hacer nada. Aquí (Centro Plaza) todas las tiendas están cerradas. No hay nada que ver-

-Y entonces, decídete rápido ¿elegimos otra? ¿Llamamos?-

-No vale. Te dije que fuéramos al Sambil. Pero tú no, que el Centro Plaza, que el Centro Plaza-

-Ay ya, qué fastidio. Vamonos a tu Sambil y vemos cualquier cosa. Total, de ahí nos vamos pa otro lado-

-Ok pásale un pin y dile que mejor vamos al Sambil, que allá nos vemos-

Y con su tac tac tac en estéreo desaparecieron en dos minutos.

Nota de la intrigante autora: se me había olvidado que el cine es una excelente excusa para cuadrar con alguien y no una actividad por sí misma.

Sí, ya sé. El objetivo es verse bien. Eso es válido y vital. Lo demás es accesorio.

Pero por eso digo: tienes que estar cazando un objetivo y ser demasiado persistente para andar con algo que te obliga a separar los pies de la tierra y sostiene tu autoestima en un delgado hilo de equilibrio, sólo por glamour.

Ya lo dijo el mismísimo Dios (en serio, por ahí debe estar escrito) :“No te pondrás tacones los domingos porque aunque sea un día hay que dejar de aparentar”. Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

El pene de los escritores

Tengo que empezar por aclarar que este es un post de desahogo. No tiene la intención de ser un reclamo, ni mucho menos un grito de inconformidad con mi vida. Pero el tema me ha dado de cachetadas durante estos días y no puedo dejar de hacerlo público.

Estoy de vacaciones en mi trabajo en el periódico, lo que no quiere decir que no tenga trabajo pendiente. Como mi oficio es escribir tengo que estar frente a un teclado por indeterminados períodos de tiempo para que ocurra la magia de que esas letricas sin ningún orden aparente se conviertan en algo que llaman “texto”. Parece fácil. Teclea a lo loco que algo sale. Los niños lo hacen y muchísimos adultos también.

Pero cuando uno pertenece a esa raza estrafalaria de ilusos, románticos, necios, masoquistas que quiere convertirse en escritor tiene la obligación de saber manejar esos 27 símbolos y hacerlos vivir como algo infinito. Nada más y nada menos.

Yo soy una de esas extrañas criaturas. Y por más que intento explicarlo hace poco fue que entendí en una revelación, cuál era la dificultad que eso me implicaba: ausencia de pene. Sí, así mismo.

La configuración del mundo se dividió a partir de esa pequeña medida (son más casos de los que se cree). Tiene pene, no tiene pene.

Si usted tiene pene es del grupo de los que trabajan fuera de la casa y lo doméstico no se circunscribe a sus responsabilidades. En caso de que lo haga (siempre es opcional) será considerado un ejemplo admirable y un extraño especimen entre sus congéneres.

Pero si usted no tiene pene forma parte del grupo de los que trabajan SOLAMENTE cuando están fuera de la casa porque lo que haga dentro de ella no es trabajo, sino que forma parte del paquete.

El escritor es uno de esos privilegiados que puede decidir trabajar dentro de la casa pero -si y sólo si- tiene pene. Sino es así, respire profundo porque va a tener que explicar a cada instante que ese movimiento frenético de aquí para allá sobre las letricas ES UN TRABAJO.

Conste que este post no tiene intenciones de ser un manifiesto feminista y menos sexista, que sería el peor de los casos. Lo que pasa es que recuerdo que cuando los consagrados cuentan sus anécdotas de cómo hicieron tal o cual obra maestra lo primero que explican es que producen a cierta hora del día y cumplen rutinas de creación que se establecen como jornadas. Así estén en el cuarto de al lado, en el medio de la sala o en el estudio de arriba. Nadie los interrumpe porque están trabajando.

Pero las mujeres deben lidiar con la dificultad de que el entorno no suele separar la jornada doméstica de la jornada de trabajo si estás en la casa. La razón esencial es que como el oficio doméstico nunca se acaba tienes que hacerlo tú sino cuentas con un empleado especifico que haga ese trabajo y tú el tuyo.

Esto debería estar muy claro si seguimos la lógica empresarial. La señora de mantenimiento no me llama para que vea que la poceta está goteando. El señor de servicios generales no me consulta qué hacer si la cerradura se atascó. Al mediodía nadie me llama del comedor para ver qué vamos a comer y cómo se prepara el pollo. Ellos son profesionales en su área y yo en la mía.

Pero no hay manera. O uno pelea mucho y se convierte en la madre desnaturalizada, cuaima malencarada o floja sin oficio que juega en la computadora o te la calas y haces meditación zen.

Mi solución es más simple: apenas pueda voy a tener una oficina fuera de la casa. Así sea un cuarto sencillo que tenga suficientes enchufes y en mi caso una ventana. Porque como yo no tengo pene, ni quiero tener, pues me toca camuflajearme en una guarida donde cuelgue un cartel bien explícito que diga: MUJER TRABAJANDO.

Nota al pie: este post terminó de escribirse a la 1 de la mañana cuando los demás ya están durmiendo.

Sin morir en el intento

Cada vez que veía en una de las telenovelas que la protagonista se iba de escapada romántica con el galán a una playa insólitamente hermosa, se quedaban en el mejor hotel, no llevaban equipaje y no tenían reservación de nada, mis ojitos brillaban de ilusión de que eso me pasara, como supongo el de miles de venezolanas amamantadas con la novela de las 9.

En esos momentos de romance efervescente yo sólo pensaba: “¿y estas tipas siempre están depiladas perfectamente? ¿De dónde sacaron ese sombrero tan glorioso que les combina con las sandalias?”.

Pero resulta que estas historias de amor (si es que son posibles) están en riesgo. Está en juego la supervivencia del romance. Ustedes dirán “¿qué cuento es este?”. Pues fijense: cómo carajo se puede ser romántico y espontáneo en este país con el dólar controlado, los trámites bancarios, los hoteles usados para los damnificados y la inflación más arriba que los cocoteros de Playa Medina ¿ah, ah, ah?

El cuento es que mi esposito viene y se lanza un plan romántico de esos que se tiene que calar cuando yo veo la novela. El tipo coge dato, anota y ejecuta: después de tres años sin salir solos y con las vacaciones comprometidas en plan familiar, el pobre hace el esfuerzo logísitico y se confabula con mi mamá para que se quede con la pollita (ella accede feliz con Sophia libre de padres).

Pero la realidad lo aplasta. El cupo Cadivi es reducido porque vamos a un país cercano así que tiene que destrozar el factor sorpresa porque tengo que activarlo yo también. Hay que pedirlo con 15 días hábiles de anticipación y rezar para que te den la cita en ese mes antes de irte. Pero no pueden ser más de 21 días. Ni menos de 5. O sea 16 pero hábiles. Sin los bancarios y sin contar que los ejecutivos de cuenta se van de reposo y no dejan sustituto y te mandan a ir “otro día” (!QUE NO TIENES!)

Menos mal que tienes 15 días. Ehhh, ya va. No realmente. Tienes que hacer las carpetas. Tatatatannnnnnn. Qué momento. Qué desgracia. Ni las manualidades más inútiles que ven las amas de casa en televisión tienen tanto trabajo.

Las carpetas deben ser tamaño oficio pero las hojas carta. Deben tener separadores que en realidad resultan ser hojas blancas. La cédula tiene que decir “esto que viene a continuación es la CÉDULA”. Y el pasaporte también no vaya a ser que se confundan. Tiene que venir con etiquetas por si acaso. Y debe decir lo más redundante y cacofónico posible: “Solicitud de autorización para utilización de adquisición de liquidación de tarjetas de crédito para bla bla bla bla. Forma 301”.

Por supuesto mientras más fotocopias y carpetas te pidan, más árboles morirán y Cadivi será más amable con el planeta.

Finalmente, el plan romántico tarda más de lo que esperabas y como te tocó gastar tanto dinero en copias, carpetas, trámites, pagos de tarjetas de crédito para poder salir del país y etcéteras, se te olvida lo fundamental: ¡¡¡el último trajebaño que me compré era talla S (por supuesto antes de la época mamá) y necesito una tarde para depilarmeeee!!!

Así que declaro al mundo: nosotros en este país sí que somos heroes y heroínas del amor porque si después de este largo y doloroso proceso que implica una escapada romántica, aún así sigue viva la llama de la pasión (como diría la reina Delia) y superamos todos los obstáculos, seremos felices para siempre… hasta que Cadivi nos separe.

¡Fiesta, fiesta!

Cómo se celebra en este país. Es una cosa que me deja loca. El fin de semana me tocó ir a un rinconcito caraqueño reconocido por su infinidad de oferta fiestera: las piñaterías de la Plaza El Venezolano. Es algo así como el país de Alicia convertido en shopping center.

Qué lugarcito. Son varias cuadras donde las tiendas son una especie de nidos con personajes de papel maché y cartón que guindan como sentenciados a la horca pero con una amable sonrisa infantil. “Ven, cómprame y golpeame, te haré feliz”. El llamado es inevitable. No hay quien salga ileso de esa excursión a la alegría. Ni los papás que las compran, ni los muñequitos que emprenden el viaje final hacia el destripamiento.

Tengo que confesar que estaba un poco abrumada con tanta bomba y papelillo pero me sirvió para enterarme de varias cosas sociológicamente importantes:

1) El Chavo está de moda. Sí. Así mismo. El Chavo del 8. El que hicieron en los 70 y que nunca han dejado de pasar por Venevisión. El Chavo es “trendy” dicen mis amigos menores de 25.

2) Discovery Kids es la más grande moldeadora de identidad cultural de este país. Personajes insospechados son los protagonistas en las piñaterías.

3) Todo existe. TODO. Encontré algo así como “vaso decorador para brindis infantil” o “afiche 3D para la entrada” o “chapas con hologramas y el nombre de su niñito”.

4) Festejar es más importante que hacer mercado. Lo digo porque he visto escasez en los supermercados pero aquí la abundancia y la diversidad abruma. Como no eran suficientes los primeros cumpleaños de los niños ahora hay combos de baby shower, antesala al baby shower, post natal, hora loca de compromiso, hora loca de la boda, hora loca para despedida de solter@, hora feliz del divorcio, cumpleaños temáticos, aniversarios, espíritu de la navidad, navidad, fin de año y si conocieran las fiestas judías también le harían un “combo”.

5) Lo bizarro puede convivir felizmente. O si no díganme ¿cómo se explica que una piñata de cerveza o de una mujer desnuda cuelgue a centímetros de la cigueñita o los Power Rangers, Spiderman y Fresita?

Pero si usted es de las más resistentes (como yo) a hacer fiestas megatónicas porque no sabe ni hacer bien el círculo de la torta, o es de los que enseña que las comiquitas alienan la mente de los pequeños, o simplemente dice que “la masa no está pa bollo”, sepa usted la lección más importante que aprendí en mi expedición a este mundo: las piñaterías son como la muerte: aunque se resista, algún día todos vamos pa’ allá. La fiesta es parte vital de lo que somos.

Dale, dale, dale

Mínimo es el sueldo mío!

No voy a llover sobre mojado con un post que hable sobre el PÉSIMO, (rectifico) MUY PÉSIMO sueldo que ganamos los periodistas. No, hoy no voy a hablar de eso.
Más bien me voy a poner positiva y voy a agradecer que tengo sueldo y empleo, y además que tengo mis necesidades cubiertas (mentira, no puedo comprar tantos libros como debería pero bueeee…)
El punto es que cada vez que yo logro tener 50 Bsf en mi cartera (libres de impuesto sobre la renta) el billetico desaparece ante mis ojos en “minucias” que no se notan pero como restan.
Los vendedores de carrito son un reto. Eso de que “mil bolívares no empobrecen ni enriquecen a nadie” ya está pasado de moda.
Resulta que el pasaje son 2mil de los viejitos así que ida y vuelta por lo barato son 4 bolivarianos (si agarras un sólo transporte) lo que te deja esos bendecidos “mil” pa completar el pasaje del día siguiente.
Pero si te pones caritativo a creer que por andar sentadito y perfumado en un puesto estás en mejor situación que aquel que brinca de un autobús a otro, entonces usted está jodido.
El primero que se monta vende chicles. “Uno por dos, tres por cinco”. Como te da pena comprar uno sólo y descompletarle la oferta al muchacho terminas agarrando los tres: 5 Bs menos.
Inmediatamente llega el que vende calcomanias de muñequitos. No te sirven para nada, probablemente ni tendrás niños en la casa pero el tipo te las pone en la mano y te mira con cara de hampa y tú del susto terminas comprando la inútil hoja de adornitos: 8 Bsf en promoción.
Pero antes de que puedas bajarte, llega el discurso del señor que vende una especie de jabón milagroso “que cura caspa, acné, hongos en los pies y seborrea”. Imagínate si no va a curarte todo un mismo jabón que te pasas por la cara, la cabeza y los pies. Si no te cura te empareja.
Pero este señor que anda en muletas y es colombiano y huele horroroso a pesar de su gran jabón te dice que usted no va a pagar “ni 15, ni 12, ni 10, ni 7. Usted va a pagar sólo 6 Bsf por la maravilla artesanal de especies ancestrales amazónicas”. Y no se baja por nada del mundo hasta que alguien compra. Habla de Dios, de la familia, del amor, de las parejas, de la suegra. Y uno que intenta leer o escuchar música o seguir la vida, lo único que quiere es que el señor se baje. Compras dos por piedad: son 12 Bsf pa que el jabón de los pies no sea el mismo de la cara.
El de los mensajes de texto es el mejor. Intrépido y chistoso para que se te olviden los anteriores. Abre su morral y te da unas libreticas que tienen mensajes ya hechos listos para enviar. No piense mucho, no se ponga creativo. Hay de enamorados, de chistes, de despedida, picantes. Son todo un éxito editorial. “6 Bsf que no es nada para alegrarle el día a alguien”. Dame los mensajitos, vale. No voy a ser menos para mandar mensajes normales, comunes y corrientes que no estén a la moda.
Y cuando ya estás a una cuadra eterna de tu destino, se monta el vende gomitas. Ese ni siquiera te da la opción de elegir. Tienes que comprar dos paquetes que te restan 10 bolivaritos a lo que aún sobrevive en tus bolsillos.
41 Bsf has gastado sin siquiera llegar a tu trabajo y seguramente sin desayunar. Con esos 9 Bsf que sobrevivieron pagas un café (con suerte) y te quedan 4Bs para devolverte.
Pero que Dios te ampare de la mala mirada y el reproche de los vendedores que te encuentres de regreso cuando volteas la vista porque no compras nada.