Cabeza ajena

Criar es un susto. Básicamente consiste en desintegrar pedacitos tuyos, mezclarlos en fluidos infinitos con pedacitos de otra persona, batir, batir mucho (esta es la parte que nos gusta) y esperar un resultado desconocido. De allí en adelante haces el mismo procedimiento día tras día porque le das pedacitos de tus miedos, alegrías, emociones, tristezas, malas mañas pero especialmente le das las piezas primarias con las que van a formar su identidad. Criar es hacer un otro.

Ahí es donde el caldo se pone morado. Hace unos días me encontré con la otredad inevitable de mi hija. Con toda la navaja de la sinceridad me lanzó en la cara aquello que dice: “nadie escarmienta en cabeza ajena”.

-Mamá, no me gusta el pelo crespo-

No. No otra vez, no, por favor. Pasé 20 años de los 33 que llevo lidiando con este tema en mi propia cabeza de crespos indomables.

Ya va, revisemos los procedimientos:

  1. Quemarme el pelo 700 veces hasta entender que crespo es bello y sano (X)
  2. Tener el swing de los rulos (x)
  3. Respetar mi identidad (x). Decirlo en voz alta (x)
  4. Estudiar Maestría en feminismo y todo (x)
  5. Tener una hija preciosa gracias a la buena batidora de genes (x)

Aja ¿ y entonces? ¿Cómo es que este prejuicio atávico se me coló en la fórmula?

Porque ella es otra. Otra que no soy yo.

Otra persona, otra historia, otro punto y aparte y empiezo de cero.

Este último mes la otredad me ha caído a palos: coincidió una fiesta de sus amigos con la fiesta del hijo de mis amigos. Adivinen a cuál fue.

Y cuando apenas superaba lo de respetar la cabeza ajena, la biología hace de las suyas: le está saliendo un diente sin que se le caiga el de leche. Hola de nuevo, amigo ortodoncista.

Mi mamá más afilada que una espada ninja me suelta:

-Mija, empezamos otra vez. Es que el ADN no se opera-

Los parques de (no) diversiones

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Si algo he aprendido en estos 6 años y medio que llevo como madre es que no importa lo que te digan o te hagan creer, uno siempre es lo que es.

Por ejemplo yo soy cínica. De verdad no puedo evitarlo. Las respuestas irónicas me salen por los poros.

No sé hacer tortas, ni dulces, y cualquier comida que hago es con la firme intención de alimentar, nunca de disfrutar el proceso de cocinarla.

No soy de las que hace sandwichs 4D para que la niñita coma con diversión. No convierto el pepino en orejas de conejo. No le gusta, no se lo doy. Cuando crezca probablemente sea vegetariana aunque yo sea carnívora porque estoy más interesada en enseñarle a decidir.

Y desde el principio de los tiempos odio con todo mi corazón los parques de “diversiones”. Sí, me refiero a esos tipo Bimbolandia, los ruidosos llenos de máquinas de dudoso funcionamiento, bien ochentosos ellos.

Se suponía que cuando era niña tenían que gustarme porque estaban pensados para divertir (me). Pero no, nunca pasó. Que un niñito enfurecido se montara en un carrito chocón y se antojara de mi para estamparme durante siete minutos consecutivos contra su carro o una esquina estaba lejos de ser mi idea de diversión.

Montarme en un aparato cuya única intención era hacerme vomitar no era divertido en lo absoluto. No lo es.

Siempre fui más del estilo parque solo, sin diversiones preestablecidas. El tobogán, el columpio, la rueda manual, la mugre, treparme en cosas y después lanzarme para abajo, eso sí. Esa sí era diversión garantizada. Supongo que mi mamá secretamente lo agradecía nada más calculando los reales que se estaba ahorrando.

Increíblemente logré divertirme sin esos parques pero entonces me convertí en mamá y volvió el fantasma: regresar a los parques que te dicen lo que es divertido, tan ochentosos como siempre.

Según las 450 mil redes sociales de madres 2.0, esta experiencia debía hacerme la más feliz del mundo para “agradecer el regreso a la infancia”, “rescatar al niño que tenemos dentro” “ver feliz a nuestros peques” (sí, les encanta decirles a los niños, peques o minis).

Pues no. Los odio igualito.

El mismo gusano mal pintado y sin dientes. La misma rueda de tazas insólitas olorosa a décadas de vómitos. Los mismos carritos chocones llenos de niños furibundos con ganas de vengarse de alguien.

Debo decir que lo intenté mal llevada por la experiencia esa de ser siempre feliz cuando eres madre. Ok, vamos.

Llegué bien relajada pero de inmediato tuve que hacer una hora de cola para comprar unos tickets que de entrada ya son insuficientes. Y aquel caloooor. Niñitos llorando con urgencia de divertirse. Una fila de dos horas para una diversión de 3 a 5 minutos. Y la misma fila de dos horas más para montarlo otra vez. No poder sentarte nunca porque te da pánico que se te pierda en esa horda de niñitos drogados de algodón de azúcar y sus derivados. Y los mismos adolescentes hartos de recibir niños llorones en ese primer trabajo miserable. Y la fritanga por todos lados. Y el papá que no cabe pero se monta. Y la mamá que tiene que colearse para ponerle los zapatos a su hijo primero que todas las que tenemos 15 minutos esperando a que salgan.

-¿Cuántos tickets quedan?-

-Uno-

-Si le dices que podemos comprar más tickets, te mato. No es hipotético. Te mato, muertico-

-Ok, gracias a Dios. Vamos a comer algo decente-

Sonrío, no estoy sola en el mundo. El papá también los odia pero tiene la fortuna de que no existen los papás 2.0, consejeros de la sempiterna felicidad.  

Desde entonces, en mi casa ocurre un fenómeno inexplicable: desaparecen misteriosamente todas las invitaciones a fiestas de cumpleaños que tengan lugar en cualquier parque de diversiones.

Cuentos de princesas: lo que vemos vs lo que es

Uno de mis súper poderes es que me desdoblo entre la mamá osa que deja ver en paz a su hijita todas las fantasías cantarinas y la bruja que le hala el cable a tierra (si ya sé, estoy ahorrando para la terapia).

Como he tenido que ver (y re- ver) a todas las princesas Disney en esta especie de refrescamiento de imagen que les hicieron para mantenerlas en la psique, les voy a compartir algunas de mis versiones:

Lo que vemos vs Lo que es

Cenicienta

cenicienta

Lo que vemos: es una muchacha rubia y dulce que canta a cada rato mientras hace oficio. Como no la dejan salir habla con los animalitos para fingir demencia e ignorar el maltrato al cual es sometida a diario por su madrastra y sus hermanastras. La buena fortuna le sonríe y logra enamorarse de un príncipe que se la lleva a vivir al palacio.

Lo que es: una cadena de malas decisiones. Cenicienta pertenece a la burguesía pero venida a menos. El papá no pudo casarla a tiempo así que la deja a su suerte cuando él se muere ¿Por qué no arregló los papeles de la casa aunque sea? Ahora la madrastra tiene que mantener una rolo de casa y nadie trabaja: ¿Quién crees tú que va a limpiar, Ceni?

madrastracenicienta

La doña también es brutaza porque el marido se muere, se queda con dos hijas más (yo creo que son de un primer esposo y se las encasquetó al papá de Cenicienta, eso no está claro) pero en todo caso si la única bonita es Cenicienta y el ascenso social era casarse ¡pues tenía que sacarla al ruedo y tratarla bien!

Gracias al marketing del hada madrina, cual cazador de talentos, la pone a valer. Le hizo sus cirugías mágicas, algo de photoshop y mucho coaching para llevar a Cenicienta como la gran favorita del primer certamen de belleza internacional que hayamos conocido.

 

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¿O que creen que estaban haciendo ese chorrero de mujeres en traje de gala desfilando a medianoche delante de un jurado real? Buscando la corona, por supuesto.

Y Cenicienta triunfó porque no mostró el hambre como las demás. Tranquila que lo del cura va pa la iglesia, le dijo el hada-manager. Y allí está “feliz para siempre”, mandando en palacio sin tener que agarrar una escoba más nunca.

La Sirenita

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Lo que vemos: una adolescente que se acerca por primera vez al mundo exterior y quiere cambiar su destino privilegiado por vivir aventuras y nuevas experiencias. Su padre sobreprotector le impide explorar y conocer así que la empuja a confiar en extraños: una mujer malvada que se aprovecha de ella para apoderarse de su voz y su belleza.

Lo que es: la pubertad y sus desatinos. Ariel es como Estefanía de Mónaco en sus mejores tiempos. Hija como te explico: eres una princesa, aristocracia marina legítima. Tienes servicio que te canta y te baila, a los 16 años está bien que pases el día nadando o tomando el sol. Pero no, se mete en lío porque está aburrida.

Las hormonas la llevan loca. No se ha terminado de desarrollar (se ve en la mini talla de sostén) y se enamora del primer hombre al que medio ve. Claro, yo la entiendo porque un sireno debe ser una vaina muy rara. (Por cierto, en honor al salitre, Ariel debería tener un tono de cabello más rubio surfista, tipo californianas).

ariel

Para completar el desatino no se da cuenta de todo lo que puede hacer con esa tremenda voz, no como París Hilton que nada más tiene un abuelo con plata. ¡Ariel podía ser cantante! El papá es casi un productor de Hollywood, el montaje de Bajo el mar es estilo Broadway, tiene los recursos, bailarines, orquesta y hasta dos asistentes personales: ¡una súper estrella puede mandar a hacer unas piernas o lo que quiera! Las asegura -como JLo con sus posaderas- y no tiene que hacer ese negocio chimbo con Úrsula, que de entrada tenía que generarle sospecha con ese estilo chabacano a lo Missy Eliott.

Y en honor a la verdad, Eric es bastante gris como príncipe. En unos añitos ese pelo rojo y esa cara le hubiese dado bastante rédito. Pero bueeee, ya sabemos el final: como buena princesita no sabe como salir del lío así que va a donde el papá para que mueva sus influencias, soborne a las partes y así logra que revoquen el contrato (que debería ser ilegal porque la niña era menor de edad). Por supuesto que el Rey Tritón se alegra cuando Ariel se quiere casar para irse a la superficie porque mientras madura la responsabilidad será de otro. triton

 

 

Eso sí Disney está mejorando últimamente sus versiones para mantenerse en la jugada. Igual una cosa es lo que vemos y otra cosa es lo que es, así que no hay que confiarse porque ¿qué me dicen de Blancanieves intoxicada por comer ajeno, Aurora en estado de coma por andar despistada, Jazmín enamorada de un malandrín y Bella secuestrada pero sufriendo el síndrome de Estocolmo?

Echen su cuento de princesa, pero en su versión +18 con contenido inapropiado.

En defensa de las palabras (y del autoestima)

espanglish

Ser una palabra es difícil. Imagínense lo que implica su razón de ser: la precisa, la que denomina lo abstracto, la que da en el clavo con esa idea que cada quien construye de manera diferente en su cabeza.

Sí, definitivamente ser una palabra es difícil, así que me dedico a cuidarlas para vivir de ellas dignamente. Me gustan las palabras de todo tipo: las rimbombantes, las groserías, las criollas, las ajenas y uno de mis placeres favoritos es repetir la sonoridad de palabras en otros idiomas: me encanta como suenan sunshine, uscita, fiancé, chuva. 

Pero hoy he decidido salir en defensa de otras palabras. De las palabras del hermoso, complejo, y bien dotado español, castellano o si prefieren nuestro idioma en código venezolano.

Hace unos días asistí a un taller sobre storytelling. Yo -sin necesidad de usar el traductor de google- entendí que era sobre contar historias. Pero como no decía narrar ni contar por ninguna parte fui a enterarme de qué iba la cosa. El facilitador -una persona muy agradable, brillante y preparada- se presentó a través de un larguísimo cargo que tenía en una misma oración las palabras CEO, manager, branding, experience, content.

Confieso que me sentí apabullada por lo impactante que suenan las sílabas SI- I- OU junto a una importante cantidad de yeis y de brans. Gracias a Dios atajé en la punta de mi lengua un apenado viiirga. En perfecto criollo, pero calladito.

Durante las siguientes tres horas la presentación e intervención de la mayoría de los participantes estuvo repleta de researchs que habían leído en papers, que explicaban cómo la branding experience dominada por los grandes CEO del marketing habían definido qué era lo más trendy en el management content a través del storytelling. Llegué a la conclusión de que el taller sí era para aprender a narrar y a utilizar el lenguaje en función de lograr excelentes contenidos desde la habilidad primaria de la humanidad: narrar, contar historias.

Pero todo era tan fancy que llegué a un punto en el que pensé ¿será que tengo que empezar a decir palabras cool para probar que también aprobé mi cursito de inglés onlaaain? Yo entendía cada palabra de lo que estaban hablando pero sin ninguna necesidad tuve que ponerme mentalmente una especie de subtítulos.

Les aseguro que todas esas palabras tienen una colega en español, bañadita y peinadita, lista para entablar una conversación de altura entre profesionales.

Ojo, el inglés y yo somos altos panas, since 1998. Todos los días canto unas cuantas cancioncitas en un inglés bastante decente, identifico un OMG y LOL cuando lo veo, y prefiero las series y películas en su idioma original porque me revienta encontrarme:

– Fuck = qué chingada

– I like this boy = venga, me gusta este tío

El punto es que no entiendo cuál es el prurito y la creciente tendencia de sustituir las útiles y precisas palabras que ya tenemos en español por las mismas en inglés para que suene más “pro”. La “marca”, la “experiencia” y la “tendencia” no tienen nada de que avergonzarse. Son muy dignas ellas.

Ah, y en serio… ¿cuál es el problema con ser un director, una gerente, un jefe?

Créeme: tu mamá va a estar igualmente orgullosa cuando lea debajo de tu Antonio, Fernando, Elisa, Carolina o Cecilia que eres “director/a ejecutivo/a” o “presidenta/e” de X empresa. Y te aseguro que con esos cargos yo también soltaría un honorable viiirga.

No satanizo nada. El lenguaje está vivo, crece cada minuto y soy partidaria de incorporar lo mejor (y yeah fuck, lo peor) de otros idiomas porque un croissant no es un cachito.

Pero me encuentro muchas veces con esta necesidad de demostrar que sé mucho más porque me lo sé en inglés. Siento que estas espanglishadas sin razón responden a un sutil desprecio por nuestro idioma, que les aseguro, tiene todos los juguetes.

Así que en defensa de las palabras y del autoestima, por favor, no eres menos porque estés en tu idioma original. El español también juega en las Grandes Ligas. Y aunque un poquito de inglés no le hace daño a nadie: ni tan calvo, ni with two wigs.

 

 

Fiesta en el spa

fiesta-spa-amigas

Los grupos de chat de “mamás del colegio” pueden desequilibrar al más pintado. Podría decirse que son un mal necesario porque para gente como yo (la rara) se convierten en una fiesta del té donde debo filtrar las barrabasadas que de verdad verdaita quiero decir desde mi corazón.

Pero si lo veo por el lado positivo también funcionan como termómetro de las cosas que pasan en el mundo, en otros mundos, a los que jamás llegaría por causa propia. Por ejemplo: la celebración de los cumpleaños.

El cumpleaños de un niñito-niñita del entorno es un medidor. Mi hija cumple años en el último mes así que paso once meses de parque en parque, de salón de fiesta a piscina, de meriendas, rumba y guagancó.

Yo soy gente de festejar. Me encanta la fiesta, la bulla, la comida, inventarme una excusa para reunir a la gente que quiero. Y como me encanta celebrar lo hago cada vez que puedo. En ese punto no le negué nada a mi muchachita, a quien también le encanta una fiesta, y si es la de ella tres veces mejor.

Pero como soy víctima de ese invento multimedia que son los grupos de mamás, la realidad (esa, la de los mundos paralelos) se me estampó en la cara.

-¿ De qué es la fiesta de la niña?-

– De Frozen-

– ¿Y por qué no le haces una fiesta temática?-

-Frozen es el tema ¿eso no es temático?-

-No. Me refiero a algo más original. Yo le voy a hacer la fiesta a la mía en un spa-

-…-

– ¿Nunca has averiguado?

– ¿Un spa? ¿Tienes otra hija? ¿Una adolescente?-

– ¡No vale! ¡Jaja, a la niña! Eso está de moda y a ellas les encanta. Organizas una lista de amiguitas y las llevas a un spa especial para niñas para que pasen la tarde allí y las maquillan, le arreglan las uñas, le hacen masajes…

-Masajes… Tienen 6 años ¿Qué estrés puede tener alguien que va a cumplir 6 años?-

-Jaja, ay chica. Es divertido. Van toda la tarde al spa y juegan a ser grandes, esa es la fiesta.

-Ah, bueno… Ehhh, no-

Mi cara de doña fue insuperable. No puedo creer que la diversión de los 6 años sea relajarse. No. ¿Y qué pasó con ensuciarse, con comer cosas que se cayeron al piso, con destruir los pantalones, con poner asquerosos los zapatos? Mi hija se pone mis tacones para chancletear por toda la casa y me echa a perder la pintura de labios porque se maquilla mal. Esa es la gracia. Juega a ser grande porque es pequeña.

¿¿¿¡Qué tiene de malo sudar!???

Los momentos más felices de mi infancia fueron con mugre. No hay manera de que me parezca bien que una niña celebre sus 6 (se lee seis) años de vida con pepino en la cara, en esa piel perfecta de quien tiene ¡6 AÑOS!

En honor a mi curiosidad le pregunté a mi hija si sabía lo que era un spa: “¿un espá? Sí, es como algo de espaiderman”.

Respiré en paz. Mi hija tendrá una rebatiña de niñitas y niñitos ensuciándose al aire libre, y sudarán, y comerán chucherías y perros calientes y cumplirá 6 años haciendo lo que se merecen esos 6 años.

Esa cosa sucia y empalagosa que es la diversión y que la gente retiene para siempre en su memoria cuando de adulta tiene que ir a relajarse en un spa.

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De feminismos y otras incongruencias (Carta de Eva Herbert)

Voy a reproducir en este espacio una carta escrita por Eva Herbert, compañera de la Maestría de Estudios de la Mujer de la UCV, de la cual ambas somos estudiantes. Eva es psicóloga, estudiante de postgrado y modelo. En una materia que cursamos escribió un ensayo sobre la historia de la moda y la relación con el desarrollo del feminismo por cada década, vinculando su experiencia en la industria de la moda y sus estudios de género. Pero parece que algunos feminismos son mejores que otros: que no te digan los hombres lo que debes ser como mujer, que te lo digan otras mujeres que creen saber lo que tienes que ser.   

***

EL FEMINISMO PIERDE SU TIEMPO Y A UNA ALIADA

A Isabel Yekuana Martínez (Presidenta de INAMUJER), a su Consejo Directivo y a Eudis Josefina Pérez, Directora de Desarrollo Alternativo y Política Regional.-

Me atrevo a preguntarles con todo el respeto que se merecen si estamos en el siglo XXI: ¡Aún no me explico cómo me botaron de INAMUJER por ser modelo! Aún no concibo cómo despiden de su puesto de trabajo a una joven de 24 años que cuenta con: el currículum requerido, la experiencia y competencia profesional necesarias, excelentes calificaciones durante toda su formación académica (inclusive de postgrado), distinciones y méritos sobresalientes, los trabajos de publicación nacionales e internacionales requeridos, la madurez y el don de gente que se necesitan para acceder a un puesto de “poder”.
Como se podrán dar cuenta a lo largo de esta carta, son muchas mis dudas y pocas mis respuestas, pero en nada se debe a mi ignorancia pues como describí, considero que tengo los conocimientos y la valentía necesarios para plantearle mi inquietud a quien sea preciso. Lo que más inconsistencia tiene para mí es que se me argumentara como causal de despido que mi carrera de modelaje no coincidía con las políticas de INAMUJER, sobre las cuales me detendré brevemente. Cuando leo que entre la definición de este órgano del Estado está “ejecutar… la defensa permanente de los derechos de la mujer”, me detengo a pensar que mis derechos como trabajadora de la institución no fueron defendidos y por el contrario fueron violados. Luego, cuando mencionan “propiciar su acceso (el de las mujeres) a la justicia y su incorporación a las instancias de poder” me horrorizo porque fue absolutamente injusto mi despido y se me desincorporó vilmente de una instancia de poder. Sigo leyendo y vuelvo a escandalizarme cuando veo que su institución “tiene como finalidad realizar el seguimiento de las políticas públicas que afecten a la mujer en el campo de la salud, educación, formación, capacitación, empleo…” y me detuve ahí para cuestionar ¿realmente se está haciendo el seguimiento de esas políticas que afectan a las mujeres y que en mi caso particular afectaron mi condición humana y mi dignidad como persona que ocupaba un empleo? Pero, el asombro no fue soportable cuando leí en la misión de su institución que ésta era o es, promover “su participación protagónica (la de las mujeres) en los ámbitos político, económico, social, territorial e internacional”, participación que irónicamente se vio vedada cuando ingresaron en mis cuentas de twitter, instagram y facebook para descubrir que supuestamente soy “famosa” y por ende, no podía ser la Coordinadora del Centro de Atención y Formación Integral de la Mujer (CAFIM San Bernardino), pues no podía figurar en las vocerías que aparentemente son más públicas que las de la ministra, debido a que trabajaba para marcas capitalistas.
Ahora bien, me atrevo en mi osadía a preguntar ¿quién puede ser total y absolutamente socialista en un país que aún es capitalista? Discúlpenme si las y los ofendo porque, no sé si realmente existe alguien en este país que no coma alimentos de empresas capitalistas, no vista indumentaria de marcas capitalistas, no se transporte en medios fabricados por grandes transnacionales capitalistas o no se medique con prescripciones de laboratorios capitalistas. En tal sentido debo explicar que aún no ha existido la marca socialista que solicite a una modelo como yo para promocionar sus productos, de lo contrario podría considerar trabajar para ésta. Y al respecto, se desmayarán las “supuestas feministas” porque el cuerpo de la mujer no debe ser usado para ningún medio mercantilista. Pero, ¿alguien me ha preguntado si quiero o no quiero hacerlo? Si algo me ha enseñado el feminismo en todo este tiempo es que ¡con mi cuerpo hago lo que me venga en gana! y mis estudios relacionados con subjetividad y corporalidad femeninas, con perspectiva de género, así lo han reafirmado.
Quisiera seguir creyendo que ustedes son incapaces de juzgar a una mujer víctima de violencia por haber permitido ser golpeada o que son capaces de darle un puesto de trabajo a una prostituta, pero hoy lo pongo en duda. Así como me pregunto si el feminismo o su “supuesto feminismo”, que no es más que reivindicar los derechos de las mujeres y su participación social, es un feminismo hipócrita que no genera igualdad de oportunidades y por el contrario, rechaza a las mujeres que somos diferentes. De ser así, me gustaría se me notificara y así aprovechar mi larga juventud para dedicarme al modelaje que tanto me apasiona o a cualquier otra área de trabajo que me invente, pues mis aspiraciones estaban centradas en el trabajo por y para las mujeres, y éstas fueron cercenadas.

Este atentado al trabajo, se suscitó porque me ausenté dos días de mi puesto de trabajo con permiso notificado y previamente aprobado por las instancias correspondientes, para trabajar con el Grupo Ferrara (compromiso adquirido antes de tan siquiera pensar en trabajar en su digna institución) ¡Qué lástima saber que ellos me trataron con cariño y que ustedes me desecharon como se ha venido desechando a lo largo del devenir histórico a las mujeres de los puestos de trabajo por estar embarazadas, por no ser tan rápidas o fuertes como los hombres, o por el simple hecho de ser mujeres!
Lamento tanto que se me haya negado esta oportunidad que tanto anhelaba y que tan feliz me hizo la semana que allí estuve. Esta protesta no es por mí sola, es por todas esas personas que se quedan calladas y que por miedo a no poder trabajar más nunca en la Diosa Administración Pública son capaces de aguantar lo que sea. Yo no soy conformista, yo tengo otros ideales y otras convicciones, una crianza y una educación que valen oro y que no pienso desperdiciar quedándome callada mientras me humillan, me discriminan y me vejan simplemente por el hecho de ser modelo. Y es que como decían Sarrió Maite, Ramos Amparo y Candela Carlos “los obstáculos que entorpecen e impiden el desarrollo profesional de las mujeres son tan tozudos y difíciles de cambiar como lo es el poder en sí mismo”. Quisiera creer que esto no está pasando, pero preciso que una vez más nos encontramos con lo que irónicamente reflejó en 1986 el Wall Street Journal en los Estados Unidos, el famoso “techo de cristal” que las verdaderas feministas se han dedicado a combatir. Todo esto, a causa de que no importa cuán feministas digan ser, bajo la lógica del amo y el esclavo hegeliana, mientras ustedes miren desde la mirada del amo, serán oprimidas y nos seguirán oprimiendo a otras. Por último, asumo que esto es una advertencia para todas aquellas que son o quieren ser modelos, para que ni se les ocurra querer tener trayectoria política, porque como se me aclaró, ambas cosas son imposibles, al menos según quienes dirigen INAMUJER. Aparentemente, las modelos estamos rompiendo los preceptos morales de algunas personas y sólo podemos destacar en las pasarelas, comerciales y revistas, porque no importa cuánto nos cultivemos académicamente, nunca figuraremos en puestos de poder.
Como decía mi adorada Simone De Beauvoir “el estereotipo sigue reinando supremo”, impregnando nuestra cultura venezolana y actuando como obstáculo para el crecimiento de nuestra nación, y me atrevo a decir que mientras las instituciones del Estado estén dirigidas por personas como las que me botaron, así seguirá siendo. Pueden seguir diciendo libremente que las modelos son brutas ¡total!. Nos restan los espacios para crecer intelectualmente mientras se los otorgan en bandeja de plata a Susej Vera, Antonio “El Potro” Álvarez, Winston Vallenilla, entre otras personalidades que aparentemente sí tienen el mérito de destacar en el ámbito de la política y el entretenimiento ¡Felicidades a ese nuevo feminismo poco sororal que se gesta y que me resta! Me retiro dignamente.

Atentamente,
Eva Herbert

Mi Pelo Malo

La película Pelo Malo que yo vi en el cine no es la misma que vieron mis amigos, ni la que vieron las personas que estaban en la sala y seguramente no es la misma Pelo Malo que vieron ustedes.

La historia de Junior es la historia de miles de personas: la del cabello crespo suelto, la del ondulado-rulito-aplacado, la del desrizado, la del churco rebelde, la del afro que no se moja, la del pelo impecable de plancha y secador, la del cationico y la keratina y hasta la del cabello liso baba. Es la historia de las condiciones.
La condición de lidiar con lo que ves en el espejo. La condición de crecer en una casa con carencias. La condición de que te guste precisamente lo que el mundo grita que no debería gustarte. La condición de ser pobre. La condición de que tu mamá no te quiera.
En mi Pelo Malo vi todo eso y más. Me vi 22 años atrás confundida ante la envidia de una amiguita con la que crecí porque a los 11 años ella no podía ser tan flaca como lo era yo en ese entonces.
También vi a mi vecino de la infancia que era increíblemente talentoso para dibujar pero abandonó el liceo a los 13 años porque su mamá se dio cuenta de que jamás dibujaba niñas y le dijo a los hermanos mayores que “le dieran una pela” si lo veían en el patio viendo a los varones. Y los hermanos lo hicieron con la autoridad respectiva en plena hora de recreo.

Y me vi en 1992, flaquita y con unos dientotes, anotada en la lista de los que se iban a sacar la foto anual de 4to grado.

Yo, versus mi pelo malo frente al espejo.

-“A fin de mes viene el señor a tomar la foto. Se vienen bien bonitos ese día”- dijo la maestra Carmen.
Yo quería tener pollina. Todos los días al arreglarme para ir a la escuela soñaba que cuando me recogieran el cabello para hacerme la trenza que casi me llegaba a la cintura pudiera ver en mi cara una pollina.
Mi tía era peluquera y asumí que tenía la solución a mis problemas. “Hazme una pollina para la foto de la escuela”, le dije y me senté en la silla para que ocurriera el milagro de las tijeras.
Me soltó la melena que difícilmente se aguantaba con una cola y me dijo tajante: “Gabrielita, hija, con ese pelo ¿de dónde te saco una pollina? Ese pelo no es de pollina”.
Quedé devastada. Jamás había sentido tanta frustración.

Ella me vio la cara de me-quiero-morir y me asomó una posible solución: “bueno… te podemos echar un ablandador de ondas para cortarte un mechoncito adelante y te lo secamos el día de la foto”.
Mi mamá siempre tan coherente en hacer un buen trabajo se negó rotundamente a saltarse las etapas. Nada de secadores, ni químicos, ni cosas raras. “Ella es una niña perfectamente sana, nada malo tiene”. Con eso sentó su posición firme y se acabaron los abogados de mi causa.
Pero yo no iba a rendirme tan fácilmente. Eran cuatro años de fotos escolares y yo sin mi pollina. Ese era el año. Y fue.
Dos días antes de la foto hice mis cálculos, medí el volumen suficiente que necesitaba para que el largo mechón se convirtiera en pollina, lo sostuve con un gancho y le di el tajazo.
No ocurrió la magia. El pelo no cayó sobre mi rostro perfectamente cuadrado y liso haciendo el marco de mi frente. Nada de eso. El pelo brincaba por todos lados, se enrolló en su máxima expresión, se puso pomposo, subió y me quedó una especie de esponja sobre la cara.
Lloré mucho. Un largo rato hasta que mi abuela se dio cuenta, me ayudó a limpiar el desastre en el baño, me echó agua en el intento fallido de pollina, la puso para un lado y para el otro, buscó un ganchito y me acomodó el pelo de manera que pudiese aguantar lo más decente posible hasta que nuevamente me creciera ese pedazo.
Ella sonrió sin burlarse y llamó a mi mamá. Mi mamá sonrió sin regañarme y midió la magnitud de la tragedia. “No pasa nada hija, el pelo crece. Lo que no podemos negar es que tienes un estilo diferente al de todos los años así que no te vas a ver igualita”.
Medio resignada y triste decidí que no podía hacer nada pero que igual me iba a tomar la foto. Y así salí: con la pollina que no fue.

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22 años después volví a llorar con Junior y su cabeza llena de aceite aunque la risa dominara la sala.

Allí supe que yo no estaba viendo la misma película. Y más tarde entendí que tampoco fue la misma que vieron mis amigos. En 93 minutos vi mucho más que mi Pelo Malo.